lunes, 10 de julio de 2023
lunes, 26 de junio de 2023
LA BANDERA
No hay días como los de la juventud que se queman por las ganas de salir del cascarón, de ver el mundo, de medirse el pecho con lxs otrxs para terminar en búsqueda de un abrazo, mientras se atraviesan peligros y realidades. Esta historia va por ahí, quizás peca de querer ser, pero fue eso y quedó ahí.
Un día se
nos ocurrió con un par de amigos hacer una bandera para llevar a la cancha. Era
verano y estábamos al pedo. Jóvenes, muy jóvenes. Queríamos colgarla como un
ritual, amarla como si ella representara a Racing. Entendíamos que era el
comienzo de algo, la piedra basal de una nueva época.
Íbamos a la cancha pero salteado. En mi caso,
mi viejo me llevaba cuando podía. No me dejaba ir solo, decía que tenía que
cumplir los 18 para que eso pase. Así y todo tenía bastante recorrido, algunos
partidos de visitante y todas las ganas de un pequeño hincha que busca
descubrir ese mundo.
Me llamaba la atención la hinchada, sobre
todo la barra. Como colgaban las banderas, los tirantes, como se acomodaban y
de qué manera entraban a la cancha. Una vez, en Lanús, discutí con mi viejo
porque él decía que pagaba la entrada para ver a Racing, no para el folklore
(que yo defendía). En esa época éramos muy hinchas de la hinchada porque las
alegrías estaban en la tribuna y no en el verde césped.
Entonces qué mejor que mezclar todo lo bueno
que tiene la vida en ese momento y tratar de hacer uno solo. Cancha, amigos,
bandera y si algo más quiere sumarse bienvenido. Una combinación genial que
puede terminar en una pelea brutal o en la gloria racinguista. El caso de esta
historia termina en una tercer vertiente, la nada misma. ¿Habrá algo más
triste?
La cosa fue que después de tirar varias
frases (muchas en broma), elegimos una de La Renga. Lo importante es que a los
tres nos convencía. El proceso llevó unos 10 días, que en aquella época era un montón,
piensen que nos veíamos todos los días. Le pedimos a una vecina que nos arme la
tela y mandamos a pintar las letras. Con el tiempo pensé que la deberíamos
haber hecho nosotros, le hubiera dado un plus.
El trapo debutó en un clásico con Boca, en la
platea D. Por esos años había espacios libres y si no era muy grande la
colgabas tranqui. Fuimos dos de los tres dueños, con nuestros viejos. Una de
las imágenes más lindas que guardo en mi corazón es ver a mi viejo en cuero
revoleando la camisa post triunfo junto a Gabi, el padre de mi amigo (que con
los años se volvió como un segundo viejo para mí)
Un triunfo que nos dio esperanza. Arrancó con
fuerza. Representaba la amistad, el amor, Racing, la victoria, nuestros viejos.
La bandera era muy especial, pensábamos cosas muy locas a través de ella. Me
imaginaba que un día alguien de la barra nos iba a pedir que la colguemos con
ellos, que nos íbamos a ganar un lugar. Ese lugar que a veces no sé si me lo
gané o lo sigo buscando.
La bandera tuvo algunos partidos más bajo la
senda de la victoria, definitivamente el equipo acompañaba. Pero un partido con
Quilmes las cosas cambiaron. Mi amigo, el tercer dueño, el tercero pero no en
discordia, no quiso ir a colgarla. Nosotros fuimos pero sentí que nos había
bajado el precio. Como si la bandera fuera cosa de guachos y él ya no lo era.
Con el tiempo la empecé a llevar solo. A
veces en la mochila y otras envuelta en el cuerpo. La gorra la quiso romper un
día con Lanús porque decían que no podía llevar hilos que posibiliten colgarla.
La gorra, como siempre y en el año que sea, poniéndose la gorra con un guacho y
dejando pasar a los barras. Ahí ya me importaba poco la barra, que nunca nos
vino a hablar (obvio) y que empezaban a bajarse solos del pedestal bobo donde
los había puesto.
Dejé de
llevarla cuando ninguno de mis dos amigos mostraba interés por ella. Como que
me pinché. Me parecía una cagada que toda esa ilusión del comienzo haya durado
poco. No pude jamás entender la perdida de la pasión.
Hasta que
un partido con Boca hablé con mi amigo y le dije que la llevemos. Nada del otro
mundo, elegimos ir a platea y podíamos colgar el trapo. Ya en el auto me
imaginaba los posibles escenarios, que alguien la quiera robar, que la gorra la
zarpe, que se nos caiga, que se nos rompa. El trapo de 2 x 1 iba tranqui en la
mochila de turno. No hubo problemas al ingresar. Los bondis llegaron adentro.
La colgamos
arriba de La Guardia Imperial, tirando a la derecha. Llegamos temprano y había
pocos trapos. El ritual era el de antes: ver el lugar donde ponerla, conseguir
que tenga peso abajo, fijarse que quede bien agarrada, volver a fijarse por las
dudas, repasar los nudos y estirarla al mango. Masomenos eh, a veces repetíamos
las cosas varias veces y otras íbamos de una.
Ese día
realmente tuvo su momento de gloria. Como antes del partido había un homenaje
por los 40 años del equipo de José que salió campeón del mundo, los pusieron a
posar de espaldas a la hinchada cuando faltaba una hora para que arranque el
clásico. Así fue como salió atrás del equipo más importante de la historia del
club. Muy de lejos y pequeña, pero salió en la foto.
El punto de clímax fue a su vez el comienzo
del declive. Un boludo vino y nos puso su trapo, mucho más grande y largo,
arriba del nuestro. Ni le interesó que esté el nuestro. Ahí pensé que todo es
una mierda, que a nadie le importa nada y que el ego le gana a todo. Hay pocxs
que entienden como son las cosas, lo que valen y que se pone en juego. En
general lo pienso. Al menos, a modo de revancha, La Guardia Imperial fue y le
puso otro trapo arriba. Jodete por forro.
Saqué el trapo y enojado con mi amigo por su
apatía general, me fui a colgarlo por ahí. Terminé enganchándolo en la
estructura del techo, el viento le daba de una, tenía cagazo que salga volando
y caiga al vacío. Era una tarde gris y mientras Boca nos hacía precio, mi
juventud, el trapo y mis ilusiones se fueron a mismísima mierda. Nunca más pisó
Avellaneda.
Con el tiempo hizo un par de apariciones en
casa. Una muy prolongada tras un cumpleaños y otras menores. Del tercero que no
estaba en discordia no se casi nada y él hace años que no sabe de la bandera.
Del otro, mi segunda pierna en esos años de cancha, tengo novedades pero no
ligadas a Racing. Hace un tiempo muy largo que no vamos juntos a la cancha y del
trapo no hablamos más.
Para mí representa muchísimo más que una
bandera: es la imagen de miles de recuerdos que no fueron y la idea de que salíamos
de la adolescencia hacia la adultez de la manera más canchera y racinguista
posible. Extraño pensarla como un símbolo de guerra y a su vez de amistad.
Extraño compartir con mis amigos la simpleza de preocuparse por un pedazo de
tela, de preguntarle “¿La trajiste?”. A veces me doy cuenta que extraño mucho y
no sé qué hacer con eso.
Escribir esto fue como volver a verla
colgada, fue volver a preocuparme por cómo va a quedar, si la tele la va a
enfocar, en pensar que alguien podría venir a pedirnos explicaciones, invitar a
sumarnos a lo demás trapos o tratar de robarnos. Gracias por leer esta bandera.
¿Dónde está? No te lo digo ni que me rompan a
piñas, eso sigue intacto.
jueves, 15 de junio de 2023
MI PLAZA ES MI MUNDO.
Una plaza en la parte no céntrica de Lanús, un pequeño espacio cargado de recuerdos y situaciones especiales. Siempre volvemos a los lugares donde nos sentimos conformes, donde fuimos felices. Buscamos otras formas de felicidad, le queremos sacar el jugo al limón. Si venís para acá te espero en mi plaza para mostrarte quien soy, ella puede hablar mejor de mí que más de alguno que dice conocerme.
“Pinta tu aldea y pintarás tu mundo” es una frase que le atribuyen a León Tolstoi, famoso novelista ruso que falleció hace más de 100 años y es considerado uno de los grandes escritores de la literatura mundial. Dicen que la frase real era “conoce tu aldea y conocerás el mundo”, pero que el tiempo la fue modificando. Es verdad que la primera tiene algo más de mística y poco de refutación, la segunda es muy metafórica. Al caso es lo mismo, la quiero solo para pintar mi mundo: la plaza de mi barrio.
A dos cuadras de casa está la Plaza Arias, pero todos le decimos la Monroe. No sé muy bien por qué esa dicotomía con el nombre. Ocupa toda la manzana, tiene muchos árboles aunque le faltarían algunos más. Su tesoro más grande es la calesita de don Mario, que hace muchos años murió y su hija ocupó su lugar. Todo el barrio pasó por ahí. Mi generación llegó a conocer a Mario, los pibes nuevos se suben a la calesita con reggaetones y cumbitas.
Es una plaza que tiene bastante verde, los famosos y modernos juegos de la salud, la mencionada calesita, sube y baja, tobogán, hamacas y los demás juegos. Sin ningún tipo de sentido tiene una tortuga gigante a modo de estatua en la parte con cemento que durante mucho tiempo los nuevos pibes usaron de espacio para las batallas de rap. Tiene dos mesitas con el dibujo del tablero de ajedrez en mosaico, que casi nadie usa para el juego-ciencia. Sus cuatro laterales se transforman en una pista de atletismo que mezcla a los profesionales con los desordenados. Como todo espacio que reúne al pueblo tiene una virgen y varios asientos, para que cuando todo se pudra las señoras vayan y pidan por nosotrxs.
Ese es mi mundo. Con los barris que caen tipo 19 horas en verano (en invierno es más temprano), que hace años llegaron a un acuerdo y se portan bien. Cuando era pibe eran muy zarpados y la plaza fue un espacio de violencia, sexo y drogas, con algo de rock & roll. Era común encontrar jeringas los domingos por la mañana, preservativos cerca de los árboles y botellas rotas por los pastos. Hasta vi una pareja completamente desnuda garchando sin problemas en el medio de la plaza (algo iluminada) cuando tenía 11 años. Ahora eso lo dejamos atrás, como dejamos atrás los 90´s.
Cruzar la plaza era toda una aventura de noche. Había que ir con un mayor o ser una bocha de pibes. Siempre abundan las historias de robos y corridas, aunque creo que hace unos años aflojaron. Lo que no sé si fue que aflojaron los afanos o aflojó el mito. Porque como todo mito que va de boca en boca con alguna generación se rompe y se pone difuso. Como no estoy seguro de lo que pasa elijo creer que ya no pasa, que de noche es igual de peligroso que cualquier zona no céntrica de Lanús, donde el Estado municipal no llega por clara decisión de dónde poner el dedo.
Hace unas semanas vinieron de la municipalidad a la plaza. Un amigo que estaba con su nene escuchó como un tipo con una carpetita y una chica iban diciendo que se podía hacer en cada espacio. A partir de ahí se convirtió en una zona de guerra: quedó completamente removidas, con largos canales para pasar caños y cables, un montón de cemento en donde había pasto para poner (más) juegos de la salud, una fila de baldosas más alrededor (en lo que antes mencioné como pista de atletismo), volaron las dos mesas de ajedrez, pusieron cemento en los últimos caminos internos de barro, unas paredes de tres o cuatro ladrillos que todavía no se define que va a ser y la modificación completa del piso y exteriores de la calesita.
Te parte el corazón pasar y ver la plaza así. Cualquiera me diría que va a ser para mejor, que va a tener más posibilidades para la gente y facilidades para transportarse, por el cemento. Pero la verdad es que funcionaba, la plaza funcionaba como estaba. No necesitaba la gran mayoría de las modificaciones que tuvo. Y lo más doloroso es que lo hicieron foráneos, forasteros. Porque esa plaza es más mía que de ellos, esa plaza es de los vecinos mucho más que de cualquiera que esté al mando del municipio. Aclaro que el color de los gobernantes me chupa un huevo con respecto a la plaza, entre los vecinos hay de todo, pero los siento más dueños piensen lo que piensen.
Voy un paso para atrás. En septiembre del año pasado me llegó un mail del municipio que contenía una encuesta para “ser parte” de los arreglos de la plaza Arias. Fui ansioso a contestarlo. Eran pocas preguntas, de tinte muy boludo (¿usa la plaza? ¿Cómo considera que es su estado?). Lo fuerte estaba cuando decía “Para disfrutar del espacio, indícanos cuáles de las siguientes reformas te gustaría ver". Las opciones eran cuatro: canil para perros, anfiteatro, más arbolado y playón arbolado. También tenía una opción con “Otros” que podías escribir. Se las dejo acá abajo, porque la dejaron abierta increíblemente y al pedo. O solo para que la muestre en este espacio pedorro.
Algunas consideraciones de la encuesta: 1) No te llamaba a ser parte, solo te preguntaba cosas. 2) Nadie me asegura que la hayan leído ni que hayan actuado en consideración de los resultados. 3) Las opciones eran impuestas, no salieron de ninguna reunión ni timbrearon las casas como cuando dejan boletas o quieren hablarte de los candidatos, que en Lanús lo hacen TODOS los partidos, no se confundan. 4) No habla de plazos ni de grandes cambios. Tampoco hablaba de las cosas que iban a volar. 5) Por último, los cambios los iban a hacer igual, la encuesta era para que lxs boludxs se sintieran comodxs.
De todas las ediciones esta es la que más me gustaría explayarme pero al mismo tiempo temo irme al carajo y aburrirlos. Son tantos años en la plaza Monroe, tantos momentos, papá, el guachín, los amigos, los años que estuvo en peligro, lo que significaba en la pandemia. Voy a elegir una sola anécdota: año 1997, Argentina jugaba con Perú por eliminatorias y mi viejo me llevó a la plaza a patear un poco antes que arranque el partido. Cuando estábamos ahí vio un chico tímido que tenía una discapacidad. Al toque lo llamó para que ataje y le pateamos un buen rato, hasta olvidar que jugaba la selección. Obvio, los tres contentos.
Así lo recuerdo a mi viejo y por estas cosas también digo que la plaza es nuestra, dejamos sentimientos, dejamos lo que somos en cada paso, en cada pasto, en cada espacio de tierra. Ella nos representa y al mismo tiempo nos da identidad. No quiero que me pinten mi aldea porque estarían pintando mi mundo. Eso es imposible. Nadie con una carpetita bajo el brazo lo podría entender del todo.
lunes, 29 de mayo de 2023
ALLÁ LE ESTÁN CUMPLIENDO LOS AÑOS.
Los recuerdos bellos de los cumpleaños son como mojones en el océano que nuestra mente inventa sobre nosotros. Festejamos para mostrarle al mundo que estamos vivos y no festejamos porque no es para tanto, la estamos exagerando porque la existencia es una tragedia. Una torta no significa nada sin contexto, sin nosotros y nuestro tiempo. Hacemos lo que somos, aunque a veces no hay red y solo nos tiramos. Cumplir los años no es solo cumplir, eso me quiero hacer creer para escribir esto.
Hay una chispita que se enciende cuando llega la fecha de cumpleaños. Están lxs que la dejan pasar y lxs que de ella hacen una fogata. Hace diez años me cambié de bando: ahora la dejo pasar. Aunque, en el fondo, quiero fuego. No me castiguen, solo soy lo que hago para tratar de ser lo que quiero.
Hubo varios motivos para saltar de vereda. El principal es que se me fueron las ganas de festejar. Y siempre que uso la palabra "ganas" me acuerdo de alguien que me decía que "son una excusa". Puede ser, así como también siento que cuando llega el momento de ver qué hacer con la fecha no sé bien para donde salir. Me da paja.
Por otro lado, los que están alrededor tienen que querer festejarlo. Me encontré una vez con una situación que me descolocó: había comprado cosas para un gran festejo (bebida, comida, lo dulce para el bajón, lo salado para la resaca), armé mi casa para recibir bastante gente, calculé el horario para que no sea un choclo que a la madrugada se me duerman... Y a las 12 de la noche se fueron casi todxs. El final fue discutiendo sobre cosas de las que no tenía ni ganas de poner en tela de juicio con un invitado. Mala noche.
Otro punto a tener en cuenta es el día de la semana. Lunes imposible; martes una leve reunión; miércoles algo; jueves se puede correr a viernes; viernes, sábado y domingo pensamos con más claridad. Si me dan elegir a esta edad, mi día favorito es el domingo. Carne asada, pan, agua y vino. Toro y pampa bah.
¿Festejarlo en el laburo vale? Para mí recontra vale. Tengo un tío que ese día se lo tomaba para él. Cómo el dueño ya lo conocía no le decía nada. Miguelito se quedaba en su casa, para él era "su día". Se lo merecía por el simple hecho de cumplir los años. Un medio regalo. A mi dame ir al laburo y festejar un rato con lxs que paso mucho tiempo de mis días (y de paso ligo algunos saludos extra).
Aparte, ¿es tan trascendental como para pedirse el día? Siento que hay momentos más importantes, más únicos. Ahí está el debate, creo: si darle la trascendencia o no, si tomarlo como un día más o no tanto. A la larga, cumplir tantas veces en la vida quizás le quita originalidad. No sé si es un debate que merezca el tiempo, cuando estemos a la mitad ya serán las doce y el cumple se habrá ido al tacho.
Otra de las aristas que me hicieron cambiar de vereda fue el hecho de que al otro día siento un vacío enorme. El 18 de mayo es el día más inerte y estúpido del año. No hay nada. O sí: una larga espera hasta que sea otra vez mi cumpleaños, dentro de 365 días. No tiene sentido, es un sufrimiento en vano. Si dejo pasar la chispa lo esquivo, con algunos mensajes para responder y restos de algún morfi que no haya sido consumido la estiro un poco y sufro menos.
Admiro los cumpleaños gitanos: varios días de fiesta por el simple hecho de cumplir los años. Eso es llevarlo en la sangre. Acá le pedís a un amigo que venga el día de tu cumpleaños y un día más para festejar y parece que estás pidiendo que haga un sacrificio satánico. Te tiran la responsabilidad, la edad, lo que tengan a mano por la cabeza. Vuelvo a que para festejar las dos partes tiene que querer. A veces me parece que festejar rompe las bolas a los demás.
Es esta sociedad líquida de la que habla Baumann, que tiene que estar en mil lugares, que no pueden tomar unos mates sin estar chequeando si Pepito les mandó un mensaje, si lo necesitan en la otra parte de la ciudad, si renunció el técnico de Flandria que ese día dirigía su primera práctica. Somos parte de esa locura; ya sea directamente (nosotros en nuestra relación con los otros y el tiempo), o indirectamente (como nos afecta los movimientos de los otros en nuestro interés cotidiano).
Es imposible festejar más de una noche algo tan intrascendente como un cumpleaños. Lo más loco es que no existen mil cosas para festejar. A medida que unx crece se da cuenta que las buenas noticias (por lo tanto buenos momentos) los debe transitar de cayetano, con una sonrisa interna, en el núcleo duro o un seleccionado equipo de personas que entiendan de lo que estamos hablando. ¿Por temor a la envidia? Hay algo de eso, pero también porque entendemos el valor y no debemos dejar que ningunx idiota lo arruine.
Hay una frase remanida y usada que dice “los amigos están en las buenas y en las malas”. Vamos a analizarla un poquito, solo un toque. ¿Qué son las buenas? Supongo que se refiere a momentos de felicidad, dignos de un festejo, de compartir la alegría. Podemos estar de acuerdo si decimos que pasan poco. Y hay tramos de la vida donde casi no pasan (ahí un cumpleaños podría ser trascendental, pienso)
¿Qué son las malas? Momentos de oscuridad, de sufrimiento, de angustia. También pasan poco, a no confundirse con días malos (ahí un cumpleaños puede ser un salvoconducto, un escape). O sea que si las buenas son pocas y las malas no son tantas, ¿qué nos queda en el medio? Una intrascendencia gigante, un desierto de emociones.
Los días grises, que se parecen a otros, los complicados, los que estás a las corridas, el diario sprint de correr el tren o la tibia desesperación cuando el bondi no llega, es hastío de esperar en cualquier cola, los partidos de fútbol que pasan al olvido rápidamente, las tardes de lluvia o las siestas para recuperar algo del sueño perdido, pero no de todos los sueñitos no; estos son los que no están en los extremos. ¿Qué hacemos cuando no son ni las malas ni las buenas? ¿Festejamos o no?
Los cumpleaños pueden estar en cualquiera de las tres partes. Usted elige el nombre que quiere ponerle para justificarlo. Siéntase cómodo para hacerlo, al fin y al cabo es su cumpleaños.
domingo, 23 de abril de 2023
LAS MÁSCARAS QUE APENAS VEMOS
Hace unos quince días se armó revuelo por el etiquetado frontal, que ya está activo en muchísimos productos, y los famosos octógonos negros que anticipan mucho azúcar, mucha grasa saturada y bocha de grasas trans. Empezaron a publicar en redes como algunos productos que decían ser light de golpe estaban llenos de octógonos o dejaban de tener la palabra light, conservando el color y las formas.
Digo en redes, pero me centro en Twitter, que es mi mundo, donde me siento cómodo y de donde me nutro. No hay tantas posturas falsas, no hay fotos de la cena con la abuelita ni el cumple del perrito, no hay tanto filtro ni viajes a lugares paradisiacos que nunca voy a hacer. Twitter es la red social más real, la más burbuja y un micro-mundo hostil que representa a este mundo que tiene el octógono de “exceso de crueldad”.
Retomo. En Twitter Mariano Martin (periodista de C5N y
Ámbito Financiero) subió una foto de el dulce de leche Ser con el octógono negro
que anunciaba exceso de azúcar. Se me dio por compartirla con el siguiente
mensaje: “Por esto están en contra del etiquetado frontal. Se caen las máscaras”.
Quizás se me fue la mano, estuve un poco amarilloso, parece exagerado. Hay algo
de ganas de que suene así y un poco de verdad. Porque una máscara no es algo
definitivamente malo.
Al rato empezaron a caer respuestas al tweet. Raro en mi perfil con pocos seguidores (aunque fieles). La primera me hizo enojar un toque. “Tal cual. La gente tiene que saber que el dulce de leche tiene azúcar” contestó @diecou. Pensé que era un amable chiste o chicana, pero lo que vino después me hizo entender y, por qué no, reír un poco. No había nada al azar en su respuesta. Mi retuit hizo enfadar el poderoso mundo de los liberales, que no dudaron en armar un plan de respuestas para verduguearme y tratarme de boludo un buen rato.
Un mundo de trolls empezó a escribirme, enojados por que dije que se caen las máscaras de estas empresas que nos venden salud donde hay excesos. Espero que le paguen a estxs boludxs que escribieron porque posta hicieron un gran trabajo, coordinados, con retuits e imágenes inocentes pero que buscaban mi enojo. Lejos de eso, terminé respondiendo con humor a la gran mayoría.
No deja de ser una máscara lo que nos mostraban, escondiendo la cara que no queríamos ver. Bue, quizás tampoco nos importaba tanto. ¿O qué mierda esperan ustedes de un dulce de leche? Pero que tenga esa máscara adelante solo nos da la rabia de querer quitarla. Y ahora que el etiquetado frontal hizo el laburo, descubrimos que hay otros enmascarados y enmascaradas que también deberíamos quitarles la careta.
De cualquier manera el etiquetado frontal fue más que eso, fue un gran logro como sociedad y un avance para mejorar la salud de los que nos rodean. Pero no nos pongamos boludos: la coca tiene exceso de azúcar y lo sabíamos bien. Incluso tomando un vaso de ella nos jactamos de que es puro azúcar. ¡Pero es tan rica! Un vaso o un cumpleaños con exceso no van a matar a nadie. Lo que se logra es no poner una botella llena de octógonos en la mesa en todas las comidas. Porque lo sabemos, pero si lo vemos es mejor.
Hay máscaras que nos salvan, como la de soldar. En el teatro ayudan a representar mundos distintos, personajes psicodélicos o pseudo-demonios. En la edad media era una manera de vincularse con los animales y en la Grecia antigua infundían temor o respeto. Acá decís máscara y ya te lo asocian con trampa, con lo oscuro, con un mundo de mierda. Paren che, no le tengan pavor a lo que todavía no ocurrió.
Pasaron muchos días desde que cité ese twitt y todavía me cuesta entender cómo puede haber gente que esté en contra de algo que te cuide. Lo de los grupos económicos y sus empresas, bue… es lógico. Nada que les afecte a sus productos será contemplado como beneficioso y buscarle la vuelta se acercará mas a “hecha la ley, hecha la trampa” que a moderar los excesos. Pero la gente que se suma, esa no la puedo comprender.
Volviendo a las máscaras recuerdo una entrevista en la sección Libero Versus al Pelado Silva que de alguna manera tiene que ver con esto (lo hago siempre, sean respetuosos de este pobre tontinho). Cuando le preguntaron qué súper poder le gustaría tener contestó “observar a las personas y saber si son boludas o no”. Quizás una de las mejores respuestas del ciclo junto a “ser invisible” que muchos han elegido.
El Pelado Silva quería que la gente tenga octógonos, así de fácil. Sin vueltas. Porque un boludo parece dañino, pero a la larga y si le das cabida, te pueden joder la vida. Casi lo mismo que las grasas saturadas. La máscara de los boludos debe ser de las más difíciles de reconocer. Los hijos de puta se venden más rápido. Si te rescatás podes zafar, con el boludo es distinto.
A veces existen máscaras en personas buenas que quieren pasar de largo, que no las jodan, que no les cuenten una y les hagan otra. Otros se las ponen para ocultar la tristeza, son máscaras festivas, que vienen con sonrisa y buena onda, pero atrás esconden tristezas y bardos. Máscaras de poder para aparentar, para amedrentar, para generar pánico o máscaras de temor para victimizarse, para especular, para jugar el papel de perri mojadx, de pobrecitx.
Por las dudas miro los paquetes antes de comprar, me di cuenta que esas máscaras ya las puedo leer. Con los boludos todavía me cuesta.
jueves, 6 de abril de 2023
DÁSELA A TU COMPAÑERX, SOLO ESO TE PIDO.
Si nos preguntamos qué queremos de los pibes que juegan fútbol no deberíamos decir más que “con la felicidad de ellos nos alcanza”. Pero hay mucho más en lo que se viene, en esa energía inocente y sus modos. El día de mañana será tarde cuando las aplicaciones le ganen al sentido común y nuestros hijos e hijas festejen los kilómetros recorridos o el mapa de calor de cada uno.
Pensé que llevar al nene a fútbol iba a ser una experiencia amena para ambos, que a mi me alcanzaba con que se divierta y a él le iba a interesar socializar y correr un rato. Con lo último no me equivoqué: salió contento con solo hacer esas dos cosas. En cambio, yo sufrí como un boludo los 60 minutos de actividad.
Ya en sus primeros pasos dentro de la cancha me asusté al ver que dudó para donde tenía que correr. No quería que me busque con la mirada y al mismo tiempo quería darle una indicación al estilo Profe Córdoba, a los gritos, para que me escuche. Rápidamente enganchó y metí un suspiro salvador.
Después vinieron los juegos al estilo “mancha” y “quemado”. Ahí cayó un par de veces pero masomenos se mantuvo feliz. A esa altura yo estaba desesperado y temeroso de ver qué pasaba cuando el profe le tire una pelota. ¿La podrá dominar? ¿Recordará algo de lo que hacíamos en casa con las pelotas pequeñas? ¿Será mejor que yo o tendrá la misma desgracia estética al frenar el balón?
Debo decir que fui un tonto, que creí que esos ejercicios podían definir algo. Desde ese primer día hasta hoy pasó un mes y cada vez le sale mejor. A su tiempo, no escucha a nadie cuando lleva la pelota. Lento, como cocinando algo despacio, sin ningún tipo de apuro, suave. Patear fuerte es una cuenta pendiente, pero ya llegará.
En uno de los entrenamientos hizo todo como siempre: agarró la pelota, esquivó los conos y encaró al arquero. Siempre le sale un tirito, un pif. Esa vez pateó bastante fuerte. Quizás fue porque acomodó mejor el cuerpo o solo porque le salió. Levantó la cabeza y me buscó detrás del arco. Cuando me vio levantó el pulgar. Respondí el gesto y sonreí. Cuando enfiló al medio de la cancha se dio vuelta, me dio la espalda. Ese fue el momento donde agaché la cabeza y me tragué las lágrimas.
Los profes son macanudos, pero a veces eso no alcanza. Porque lxs pibxs se desordenan fácil, porque no todos entienden los juegos de la misma forma, porque al ser recreativo hay cierto aire flu a enseñar, porque en el fondo son pibxs, simplemente. Hay que saber llevar a 15 personas que tienen ganas de correr y jugar, pero en sus primeros pasos son devorados por una furia única que solo se ve en la niñez.
Y lo peor son los padres. Porque los vemos tratando de dar indicaciones antes que los chicos entren, intentando mirarlos en el juego para que un gesto sea la interpretación exacta que el pibe o la piba enganche increíblemente y entienda el juego. Nunca quise ser esos padres, me niego a decirle una indicación a mi hijo por sobre el técnico/entrenador/profe.
Que mundo señores y señoras, nunca lo había imaginado y ahora apenas lo estoy conociendo. Me aterra ser un boludo, un padre boludo, que es peor. No hay mucho que le pueda enseñar, nadie sabe tanto. Hay una edad donde solo debe importar jugar, divertirse y correr, sin destino, con ganas, sin objetivos y al mismo tiempo sin saber que quizás sea de las últimas veces que corran libres.
A mí me gustaría que el pibe ataje. De chico le decía “el mini Musso”, por el arquero del Atalanta que en esa época estaba en Racing. Pero lo veo entrar con la 15 de Lisandro y pienso que goles son amores, que puede levantar la vista y dedicarme un gol en el Cilindro, buscándome entre la gente, mientras papá se emociona como cuando la tira afuera en el fulbito recreativo.
Pero eso es lo de menos, lo que quiero es que aprenda a jugar. No hablo de tácticas, no hablo de la técnica, sino que aprenda el juego. Que aprenda las formas en las que el juego se pone lindo, las que son feas y de qué manera puede sentir placer dentro de una cancha. La dinámica de lo impensado hará lo suyo después.
No me gustaría ver un egoísta, un pibe que solo sabe gambetear o correr y no piensa en el juego. Todxs queremos hacer un gol, pero ese no es el único placer del fútbol. No quisiera que se volviera un robot, que quisiera lucirse solo, que no descanse la pelota en un compañero o compañera, que sea un creído. Que no sea un pedante del fútbol, que juegue a la pelota.
Hace un año atrás mi amigo me pidió que lleve a su hijo, mi ahijado, a fútbol, porque él no llegaba. El pibe la pasó bárbaro, yo me fui horrorizado. El técnico era un bobina a pedal. Le gritaba a los pibes, los trataba como si fueran profesionales, todo era un entrenamiento posta. Gil. Con ganas. Un flaco que era parte del club por haber sido jugador en su adolescencia y debería tener conocimientos en educación física (eso espero).
Había un pibe que corría mucho y le pegaba fuerte. Agarraba la pelota en la mitad de la cancha de papi y le mandaba hasta casi el arco, donde sacaba un tiro bien fuerte que los arqueros temían. Hacía la diferencia, sin dudas. En ningún momento los que entrenaban a los chicos le decían que era estúpido lo que hacía; al contrario, lo alababan.
No lo vi dar un pase en todo el partido, empujaba a todos en la corrida y pateaba sin mirar si algún compañero estaba en mejor posición. En cualquier partido por los puntos podría destacar, pero en un campeonato largo depende de que el pibe tenga un gran día. No se forma un equipo ahí, solo hay un pibe que corre y patea.
Ni les digo en una cancha barrial: los compañeros lo putean y los rivales le tiran fuerte a los tobillos. Esperaba tontamente que los técnicos le digan que de un pase, que levante la cabeza, que sea compañero. Nada del otro mundo. Eso pido para mi pibe, que el sentido común le gane a las aplicaciones y que un compañero mejor ubicado sea más interesante que los kilómetros recorridos.
Todavía recuerdo cuando jugaba y veía ese pase para tirar, el hueco, la mano levantada de mi amigo que sabía que se la podía dar. Y si era gol me alegraba más. Recuerdo el placer de jugar con el Negro Lucas, que te la daba siempre, o los centros que le ponía al Pipa, agradecido, responsable a la hora de ayudar y meter pero con aires de Roberto Carlos en aquel famoso juego de Play Station.
Cuando terminan la práctica patean penales los chicos. Muchos imitan al Dibu (que la fiebre mundialista no termine jamás), otros festejan a lo Cristiano Ronaldo y el mío sonríe al patear, con una picardía que espero no pierda jamás. Al salir de la práctica le pregunto cómo le fue, si está contento. Hasta ahora me dijo siempre que sí. Que los éxitos continúen.
viernes, 10 de febrero de 2023
Que fenómeno que sos Miguelito.
Cuando era chico soñaba con ser arquero. Jugaba de delantero en mi club de barrio, pero mi sueño era ser como Nacho González. Quería volar de palo a palo, ser enorme como él. Por eso le pedía a mi tío Miguel, que para todos siempre fue Michi, que me pateara en el fondo de casa.
Mi tío, muchas veces en mocasines post
trabajo, me la tiraba para que vuele. Y si no lo podía hacer me enojaba. Quería
gritar “el naaaaacho” mientras caía como una bolsa de papa y Michi se miraba
los zapatos castigados por tanta búsqueda de precisión.
Miguelito lleva en la piel su barrio. Nacido
en Capital, vino a Lanús de pibe tras la muerte de su papá. Se le hicieron
carne estas calles. Cuando se casó se volvió a Capital, pero nunca olvidó su
lugar de pertenencia.
Mientras yo soñaba con ser Nacho González y
cruzar la mitad de la cancha para patear un penal o volar para
evitar un gol del Manteca Martínez, mi tío trataba de hacerme hincha de Lanús.
Misión imposible, pero se le abrió una oportunidad cuando empecé natación en el
club.
Al tiempo, con ayuda de mi vieja (que se lo
tomaba como una mojada de oreja a mi papá), apareció en casa una camiseta del
grana. Con cuello, bastante linda. Después un pantalón y más adelante las
medias. Hasta que un día, a fines del 1997, fui a un cumpleaños a jugar al
futbol vestido de jugador de Lanús. Me parecía genial el Chupa López, aunque el
crack era Ibagaza.
Michi seguía a All Boys porque vive a dos
cuadras de la cancha. Algún amor por Boca existió en su juventud. Pero después
se encontró con Lanús. Nos solo en el club, sino en el barrio. Venía seguido a
ver a su mamá y su hermana, trabajaba ahí nomas de su casa de pibe. Miguelito
es de Lanús en todo su concepto, en donde esté, en cualquier lugar y donde
quiera ir tras la tormenta.
Allá por 1998, al principio, mi vieja arrancó
a luchar contra su enfermedad. Michi pasaba mucho tiempo en casa. Ahí
comenzaron nuestras charlas, algunas complicidades, el tema de Viejas Locas “Me
Gustas Mucho” sonando en su Peugeot 504 azul, varias broncas y los partidos de
Lanús por la radio.
Un día le pregunté si era normal hablar solo.
Mientras escribo esto me doy cuenta que lo hago todo el tiempo. Muy sabiamente
me lo explicó. Si hay algo que Miguel sabe hacer es bajar claridad.
“El tío lo hace todo el tiempo”, me dijo en
tercera persona, a lo Maradona. “Es más, cuando hago algo bien me digo ‘que
fenómeno que sos miguelito´ para darme aliento”, explicó simpáticamente.
Y la verdad es que tenía razón, miguelito es
un fenómeno. Ese campeonato del 98 Lanús nos hizo muy felices (la contracara de
mi Racing querido que naufragó en la tabla). Facha Bartelt eclipsó a Nacho
González unos meses, JJ Serrizuela y Kmet emocionaban y Pinino Mas conducía.
Recuerdo ese campeonato con un cariño enorme.
Lanús se pinchó después de jugar con Vélez (a la postre campeón). Lo ganaba bien, se convertía en el puntero del campeonato y lo tenía para liquidar, pero los de Liniers lo empataron con un golazo del Cholo Posse. Un domingo de otoño, fresquísimo, con
Miguel cortando el pasto y la radio a todo volumen. Al mismo tiempo, el paraguayo Brizuela
le metía dos a Racing en La Paternal. Fue una tarde triste para todos.
Antes que arranque el mundial algunas cosas
se acomodaron y con mi vieja pasamos a vivir los únicos meses solos que
pudimos (que los recuerdo muy bellos). Miguel retomó su vida y venía un poco menos. Lanús me seguía generando
empatía, pero volví al 100 con Racing. Llamémosle normalidad.
Justo un toque antes de que arranquen el 98
fue la primera vez que le dije tío a Miguel. Siempre fui muy tímido y me
costaban de pibe las relaciones familiares. Fue la madrugada que mi vieja se
descompuso y Michi apareció a las siete de la mañana, un rato después que le
avisen. Al toque se hizo cargo de la situación. Digamos el principio del fin en mi cabeza.
Hay días que voy por la calle y pienso en las
cosas que hago bien. Cierro los ojos y pienso en Miguel. Hablo conmigo mismo,
me doy fuerza, me digo “que fenómeno que sos Federico”.



