sábado, 25 de junio de 2016

Ayer se fue El Negro.

 “Es la tercera vez que hacemos esto”, dije casi enojado en la mesa entre amigos y familiares del  Negro. Siempre que estoy ahí  me siento en casa. Tranquilo, pero algo nervioso, seguí bebiendo del vaso de cerveza. “El clima está tenso”, dijo Alejandra, la mamá, que es como mi mamá. No queríamos estar así, pero que se le va a hacer.

 El Negro empezó a viajar en enero de 2011. La primera vez partió al norte sin fecha de regreso. Volvió más de un año después, algo cambiado pero como siempre, con la misma chispa. La noche del regreso me acosté tarde, algo borracho. Estuvo unos meses del 2012 y se volvió a ir. Nos juntamos casi todos a despedirlo. No me olvidaré nunca el abrazo que nos dimos bajo un techito por la lluvia. “Hasta la vuelta hermano”, le dije entre agua y tristezas y me mojé camino a casa. No lo vi por tres años. Fue la lluvia más puta de mi vida. 

 En noviembre pasado volvió una mañana. También con lluvia, también mojados. Otra noche para quedar un poco borracho y dormir poco. El tiempo es frágil a veces, cuando me quise dar cuenta ya se iba. Y ahí estábamos de nuevo, compartiendo la mesa, compartiendo la tristeza. Pero no faltaron las risas, los amigos y las corridas. Tampoco la cerveza y el fernet. No había mucho más puesto en juego.

 Los pibes se fueron yendo. De a poco el reloj nos empezó a jugar una mala pasada. Un reflejo de mierda, una confusión. Solo quedaba un culo de cerveza caliente y pocas ganas de terminarlo. Porque no era solo un vaso. Era el poco tiempo que faltaba para volver a abrazarnos hasta la próxima. Como una cuestión cíclica, como un laberinto de tiempo que no nos deja salir. Aunque tampoco queremos hacerlo.

 Me tomé el final de la noche, me puse el buzo, luego la campera, estaba listo para salir. En la puerta nos volvimos a abrazar, con el cariño de siempre, con la misma sensación: la de la puerta abierta.  Algo que solo se cerrará cuando vuelva a llamarme para avisar que está por el barrio.

domingo, 24 de abril de 2016

Walter

 Ayer salí a comprar y me encontré con Walter. Estaba tranquilo, caminaba por la plaza con sus jeans cortados. Sus cuarentipocos le sientan bien. Me saludó con un abrazo y me dijo que iba a ser un día hermoso. Se fue caminando por la vereda del sol.

 Cuando llegué a la ferretería me encontré de nuevo con Walter. Charlamos un poco del nuevo gobierno, de los despidos, del maldito protocolo de seguridad. Lo noté preocupado. Los fuertes ribetes neoliberales que manchan la política nacional le cambiaron los gestos. Estaba asustado. Los pibes fue su tema principal. Me saludó con un abrazo sentido, casi como no queriendo despegarse. Se metió ciego en la bruma y lo perdí.

 A la tarde me fui a tomar el bondi y me crucé otra vez a Walter. Triste y melancólico, casi no podía hablar. Se había encontrado con un amigo, que le contó que se iba a hacer policía. No supe que decirle, me quedé sin palabras. Quizás no es tan grave, son épocas difíciles. Pero a él le pega mal. Me dio un abrazo malo, escapando, casi corriendo.

 A la noche, después de que la tele me devuelva las imágenes del día, me encontré con Walter. Lo vi en cada pibe que es golpeado por la cana, en las políticas de ajuste que tanto criticaron desde sus letras los Redonditos, en cada  madre que pierde a su hijo. Walter está más vivo que nunca en los pibes, en esas madres y en cada recital redondo.

 Pero vuelve a morir cada vez que las políticas represivas, con complicidad de los medios de comunicación, piden seguridad y el estado les devuelve policías. Muere cuando lo fácil le gana al sueño, cuando la comodidad lo arriesga todo. Muere cada vez que lo olvidamos y decimos “algo habrá hecho”, porque Walter Bulacio, les juro, no hizo nada para morir.

 Murió cuando el comisario Esposito lo torturó, pero también cuando ese nefasto funcionario público solo fue juzgado por el delito de “privación ilegitima de la libertad”, porque, entre otras cosas, Walter era menor. La justicia también mató a Walter, olvidando por 22 años su causa, llevándola al abandono, banalizándola. Murió en la muerte de su padre, a quien la tristeza no lo dejó seguir.

 Lo mató la policía y lo volvió a hacer cuando mataron a Luciano y a Ismael, cuando mataron a Maxi y a Darío. Lo matan todos los días los medios, criminalizando a los pibes y a sus modas. Diferenciando a los nenes ricos, que son víctimas de las situaciones,  de los pibes de barrio, que buscan la muerte todo el tiempo. Y por eso mueren, porque “el que busca encuentra”.

 Antes de irme a dormir, apagué la tele. Escuché algo de música y pensé en él. Pensé en que mañana se cumplen 25 años de su muerte, en todos esos momentos donde lo recordamos, en su abuela y la lucha más hermosa, en los Redondos, en Skay y el Indio. Pensé en los pibes. Y hoy me levanté contento, porque ayer soñé con Walter.



miércoles, 6 de abril de 2016

Crónica del Indio en Tandil


22:15. 
Llegaba el momento. A pesar de que la noche estaba instalada hace rato, de alguna manera, no lo quería reconocer. Entre gritos de gol y el apuro de no olvidar nada (casi miedo), mi amigo me acusaba de colgar, por no reservar un remís. Justo él, que quería que nos encontremos en la parada del colectivo mientras yo tenía que cargar la heladerita y el fernet. Si, otra vez tarde, pero acostumbrado. Nos encontramos con los pibes en la estación. Fuimos a comprar hielo para cargar la heladera y comenzar el viaje. ¿50 pesos la bolsa? Una animalada. No se puede más, esto se va al carajo. Pero a quien le importa toda esa guita, nos vamos a ver al Indio.

23:38. 
Quizás fue apresurado eso de “nos vamos”. Hacía una hora que esperábamos el micro. Divisábamos en la avenida cualquier rodado parecido, pero cuando se acercaban los negábamos. La duda de saber si lo que habíamos contratado era real nos mantenía alerta. Algunos compañeros de viaje estaban cerca. Ya aparecían las remeras de Los Redondos, los envases de cerveza, las banderas y los cantos alusivos. A 340 kilómetros de Tandil, la manijeada comenzaba.

00:36. 
Casi dos horas de espera para concretar el sueño. Miro por la ventana y Escalada me devuelve sus últimas cuadras, pegadas a Banfield. No es una despedida ni mucho menos, pero tiene sabor a viaje fuerte, a que por lo menos no voy a volver igual. Eso lo torna intensamente interesante. “¿Armo un fernet?”, pregunta mi amigo. Le sonrió con cara de agradecido. Si me voy a descranear, que sea de fiesta.

03:30. 
El bondi era un descontrol que parecía irse de las manos en todo momento. Tras tardar horas para abandonar la civilización y entrar en la ruta dura, los muchachos se habían metido de todo y era una fiesta de gritos y pedidos. El piso, un rio de desperdicios que cada vez estaba peor, no paraba de verlos pasar. El fernet bajaba, las ansias crecían. El Polaco, un barri animador de fiestas, la agitaba haciendo chistes y alardeando de sus capacidades de barrilete. Mientras sonaba La Renga, con  mi amigo recordábamos pasajes de nuestra vida. Como dos viejos de mierda que con casi 30 años creen que no hicieron mucho, pero tampoco parecen hacer nada. Jugando a los vírgenes, la vida nos regala nuevas oportunidades.

04:55. 
Después de varios fernet’s,  la charla perdía sentido minuto a minuto. El sueño nos atrapó a los mayores de 25 sin sustancias. Era imposible seguir despierto y menos hablar temas corrientes, cotidianos para el oído. La noche parecía decir que se iba a quedar un rato más en el cielo, como los chicos cuando no quieren ir al colegio. Para mi amigo y para mí, la noche no nos daba más. Lentamente fuimos bajando la intensidad, cómplices de ojos cerrados, buscamos dormir mientras otros bailaban.

06:37. 
El sol me pegó en el medio de la frente. Mis ojos rojizos del poco dormir apenas se abrieron. Parecía que estábamos cerca, que Tandil estaba a minutos de ser una realidad. Los barris no pararon en todo el viaje. Apenas pude dormir algo más de una hora. La cabeza me estallaba. De nada habían servido los auriculares que usé para tapar los ruidos. Mí oído tenía una sensación de rebote, de explosión. Sonaban fuerte los últimos temas de “El tesoro de los inocentes”. El coordinador del micro vino a pedir un trago que le suavice la dureza y se quedó colgado a la última línea de “Adieu bye bye“. Toda una metáfora redonda, aunque dudo que sepa que quiso decir. Se olfateaba misa ricotera, se aspiraban otras cosas. “No pude dormir nada”, bramó mi amigo con cara de preocupación. Tranquilo hermano, sanemos estos dolores dulces, que todavía falta para que salga el Indio y todo el año sea carnaval.

08:09. 
El micro empezó a caminar por la ciudad, recontra copada de gente que esperaba la noche para ver al ídolo. Algunos tirados al costado de la ruta, dormidos en el piso, como si una bomba los hubiese destrozado y aterrizaron ahí. Otros preparaban un fuego lento pero abrazador. La fresca Tandil nos recibía con brisa y humo. Mientras el chofer daba vueltas para encontrar el camping y la temperatura subía en el micro, el desfile de personajes que me mostraban las calles me mantenía entretenido. La imagen de la mañana: dos tipos mirando una carne que se cocía sobre un fuego a esa hora. El desayuno podía ser un pedazo de entraña o una factura, lo importante era estar ahí y de esa manera.

11:40. 
Hacía casi dos horas que nos habíamos bajado del micro, estacionado en la colectora, apenas en la entrada a Tandil. Después de pasearnos por todos lados, el coordinador nos avisa que el camping estaba a 50 cuadras. Era imposible caminarlas con la heladerita cargada. Lo intentamos y fracasamos. Nos quedamos en un cordón, debajo de la sombra fría de un árbol grande, a media cuadra del colectivo. Mientras los barris y otros pasajeros deliberaban de qué forma iban a matar al que nos vendió los pasajes con asado y camping (un tal Gustavo viajes), nosotros mirábamos atónitos cómo se copaba la ciudad. No estaba tan mal la calle, a mi me daba la sensación de retroceder a años hermosos de la juventud, donde la única preocupación era que no te pise un auto. En la colectora no pasaban coches, que mejor. Si, hubo algo mejor. Un vecino se copó y puso “El tesoro de los inocentes”. No entendí de qué se quejaban los pibes.

13:39. 
Al rato la queja tuvo sentido: el estomagó gritaba improperios vestidos de fernet. El alcohol de la noche anterior nos generó un hueco que tuvimos que suplir con un sanguchito. Mientras unos de los barris hacía de mecánico, solucionando el problema del motor,  y yo me abrazaba con otro al escuchar el ruido del colectivo, los pibes se ponían al sol como para arrancar una siesta reparadora. Los barris pueden ser malos consejeros pero son buenos negociadores. Con esa premisa a la cabeza consiguieron una parrilla de una obra en construcción y tiramos unos choris. “Hay ceremonias en la tormenta”, dice el Indio en una canción. Me puse a hablar con la gente, mi amigo me siguió. De golpe estábamos en la misa, charlando y comiendo chori. Nuestro fernet hizo las veces de unión con los que se acercaban. Cada vez faltaba menos para el recital, cada vez entendía mas de cómo venía la mano.

15:00. 
A esta altura ya éramos amigos de los barris. Nos compartíamos el fernet como si fuera el cáliz de la sangre, el manjar preciado que todos deben probar. Los choris nos habían unido y también nos dejaron recalculando. El polaco lideraba el bloque barri, en el que el manijeo aumentaba a medida que se acercaba la hora del recital. Era el líder por personaje, pero también fue el principal negociador de la parrilla y el que unió las partes. Quizás no nos hablábamos entre todos, pero todos nos hablábamos con él. Después de un par de chistes sobre un vaso que teníamos, nos empezó a elogiar por el fernet. Compartimos de su barro, le metimos hielo al petróleo que nos convidó y le armamos un subuay. El fernet hermana a cualquiera, viejo. El Pola parecía que no iba a cortar nunca la gira. A un costado de la entrada, sobre la colectora, 20 monxs vivían como podían la misa. Entre risas nos pusimos a hablar de la vida y confesó que llegó a pesar 130 kilos (eso explicaba su cuerpo de ex gordo). En un rapto de inocencia mezclado con el cansancio, le pregunté que comió para llegar a ese peso. “Nada”, me respondió con una sonrisa y un gesto con los dedos. Me sentí un boludo. El Pola se rió. Todos reímos.

16:26. 
Uno de los pibes comenzó a fogonear la idea de una caminata hasta el centro, unas 50 cuadras. Mi amigo y yo descansamos contra una pared fresca por un rato. No teníamos ganas de caminar todo ese trayecto, estábamos a 10 cuadras del hipódromo donde sería el recital. Pero somos orgánicos, nos prendemos de las ideas de un compañero por bancar nomás. Allá fuimos, con cansancio y sueño. Sin ganas pero poniendo huevo. A las 20 cuadras no dábamos más. Estábamos cerca de un puente peatonal y la muchachada la agitaba con el pogo más grande del mundo. Volaban manos, remeras, patadas, botellas. Era una locura no-linda. Nos frenamos, tampoco nos iban a dejar pasar así nomas. Sobre la ruta principal la gente vendía desde remeras hasta gorras del Indio. Bebidas de todos los colores, pero la birra y el vino estaban cabeza a cabeza. El fernet es para armar, más casero. Mientras miraba a mí alrededor, un auto intentó pasar por el puente. Un coche nuevo eh, de los que tienen facha. Había de todo en Tandil, desde camionetas re caras hasta autos que apenas llegaron a la ciudad. Eso habla de que todas las clases sociales, por distintas vías, llegaron al Indio y lo siguen. Vuelvo al puente: tensión, el auto quiere pasar y no lo dejan. Pronto un muchachoide grita “que pase, va a pagar peaje”. No intuí nada, será por distraído o porque estaba absorto con el clima. Suena el estribillo de “JiJiJi”, un loco salta al techo del auto, descontrol. Mucho para mí, no me llamen para esto, somos todos redonditos, redonditos de ricota. Pavadas no.

19:00. 
Después de mil dudas en si rozar la no-masculinidad y llevar una campera, o ser macho y dejarla, me decidí por no ser boludo y agarrar la campera. Los ojos se me cerraban del cansancio, no tenía piernas para caminar las diez cuadras. Dejamos el micro con la esperanza de que esté ahí cuando volviéramos. La gente marchaba entre apurada y ansiosa a ver al ídolo, el tipo por el que tanto recorrieron. Se remataban los últimos vinos, se meaban las últimas paredes, sonaban los últimos temas con la guitarra de Skay a pleno, algo que no sucederá (¿nunca más?). Mientras agacho la cabeza para que las luces de la ruta no me golpeen de frente en la vista, voy pisando una y otra latita. La ciudad era un mugrerío y solo algunos recogían sus basuras. Esas cuadras hasta la entrada se me hicieron largas entre el polvillo, el “vamos a volver” y la murga de los renegados. Me encontré con un compañero, lo abrasé como si fuéramos carne y uña, como si estuviéramos en el trabajo, con la misma felicidad. “Estoy de la boina”, aclaró. No se me ocurre otra manera de sentirlo.

20:21. 
Con solo decir que no entendíamos donde estaba el escenario y donde estábamos nosotros debería alcanzar para graficar lo grande y lleno que estaba el hipódromo. Era una dimensión ricotera dentro de Tandil. ¿Todos estos serán Redonditos? ¿Cuánto careta vino par la selfie? ¿Cómo será el ninguneo que nos pegarán los medios? Mientras charlaba de laburo con los pibes, pasaban los apurados que querían verlo de cerca, los que venían de turistas, fantaseados con todo, y las familias, que se nos acomodaban alrededor. Estaba a minutos de mi primer encuentro con el tipo que me hizo cantar toda la adolescencia que “vivir solo cuesta vida”, pero que me lo materializó en un fin de semana. Recién en ese momento estuve ansioso.

21:15. 
Faltaban 15 minutos para el horario estipulado, que suponía que sería falso. De golpe, entre charlas de si sería el último recital o habría uno más, si la policía es un buen laburo o la misma opción maligna de siempre, aparece, entre gritos de fanáticos, el Indio. Solo, con las luces prendidas, con un tono de persona mayor, hablando bajo. Me hizo recordar a Bayer o Galasso, que  cuando hablan, todos los queremos escuchar. Pidió la palabra y confirmó su enfermedad. “Mister Parkinson me está pisando los talones”, bromeó mientras la voz se le quebraba. Pensé que iba a decir que estábamos en el último recital de su carrera, pero soltó un “no me van a bajar tan fácil de los escenarios” y sonreímos. Pero hasta ahí, porque el ídolo tiene Parkinson y eso no es cosa alegre. Continuó hablando de la banda, los cambios que sufrió y prometió volver en un rato con el show. Me aumentó la ansiedad, pero con un dejo de tristeza. Por más que salga el Indio, ya no será todo el año carnaval.

21:30. 
Puntual. El Indio es un ídolo puntual. Clavadas las 21:30 se apagaron las luces y se escuchó la presentación. En ese momento me agarró un tibio miedo, un cagazo emocionante. Me sumé a los gritos con la incertidumbre de lo que vendría. Los primeros acordes de “Nuestro amo juega al esclavo” me volaron la cabeza, al punto que no sabía que tema estaba sonando. Empecé a gritar como un salvaje, con pasión, casi con locura. La primera frase me bajó a tierra: “Mucha tropa riendo en las calles”. Pum, al mentón. De ahí a repensar todo, a entender. A nunca claudicar en el conocimiento. El ídolo no solo nos habla, sino que nos tira un mensaje cargado de política, de conciencia social. Violencia es mentir se nos hace carne. Nos miramos con mi amigo y sonreímos, mientras buscamos aire para nuestros cuerpos cansados. No sé si estaba pensando lo mismo, pero lo vivía igual que yo.

23:34. 
Después de dos horas de un gran recital, con momentos bien redondos y otros tantos solistas, llegó el momento del pogo más grande del mundo. Al cabo de “Flight 956” estábamos listos para revolear nuestros cuerpos. Solo me quedaron las ganas de escuchar "To Beef or not to Beef", quizás el momento era bueno, que sé yo. Pero no me podía quejar, el Indio estuvo enchufado, dejó algunas perlas como “Es to to todo Amigos” para que nos quememos el bocho en la semana y nos hizo bailar con “El Charro Chino”. Así llegamos a "JiJiJi" y su virulenta locura. De golpe, con los primeros acordes, toda la energía que me quedaba parecía querer huir de mi cuerpo. Con el estribillo flipé, entré a saltar como un enajenado sin saber bien lo que hacía, pero sin poder parar (ni querer hacerlo). Paramos para respirar y otra vez. Agitados todos, nos encontramos riendo de la locura. Última y vibrante vez. Ya está, se terminó y apenas respiraba. Lo di todo y no sé cuanto sentido tuvo. No sé bien de qué trata la letra ni porque dice algunas cosas que dice. Lo que sabía es que durante cuatro minutos salté sin sentido y estaba feliz. ¿Acaso la vida no tiene mucho de eso?

23:42. 
La gente se retiraba tranquila, caminaban y se abrazaban, reían. De golpe los fuegos artificiales, grandes, acordes al acontecimiento. Uno de los pibes apura, como si no pasara nada. Yo caminaba medio de costado para ver los fuegos. Los demás hacen lo mismo. Miramos para atrás, tranquilos. Y no solo es ese momento, es todo lo que nos pasó, lo que dejamos y nos llevamos de la experiencia. Esto no es un recuerdo mortal, no es un cuadrito en el mar de los pensamientos, esto es germen, es algo que se nos metió adentro. Quizás nunca más lo volvamos a ver, quizás nosotros no nos volvamos a ver, pero ya tenemos esto adentro. Otra forma de mirar, unos lentes a estrenar. Para adelante estaba la vuelta durmiendo y la llegada al barrio con una charla en la esquina con mi amigo, para cerrar la velada, para estirar ese momento y empezar a saborearlo adentro. Pero la noche terminó cuando pudimos mirar para atrás y no nos hicimos piedra. Al contrario, ese viaje redondo nos floreció.

miércoles, 9 de marzo de 2016

Engrietaditos

Que lastima como te engrietaste. Te hablé mil veces para que esto no pase. Charlamos horas sobre puntos en común, cosas que nos acercan, las pocas diferencias que hay entre tu barrio y el mio. Pero vos no quisiste escucharme, dale y dale con la grieta. ¿Te enganchaste con eso de la grieta por tu situación? ¿O porque te lo metieron hasta en el mate? Hay miles de periodistas, flacos que se levantan pensando en la comunicación, como mejorarla, como contar historias, tener diferentes puntos de vista, amontonar ideas para pulir conceptos y mejorar la situación social. Pero no, vos escuchaste a los mercenarios, lo que cobran por operar.

Compartimos muchos asados, fumamos del mismo paraguayo, bajoneamos dulce a lo loco, pero vos la tenés con que entre nosotros hay una grieta. Si vos también andas en patas por tu casa en verano y al chori le pones criolla, ¿que mierda es la grieta? A mi tampoco me cabe la corrupción, los chorros que le roban a los jubilados y las inundaciones, pero eso no cuenta. No señor, Nelsón Castro dice que somos distintos, que queremos un país completamente distinto. Y en esa estás, comprás a full.

Yo comparto fotos de perros perdidos, aviso si hay una oportunidad laboral u oferta interesante, dono ropa que ya no me entra y le cebo a mi abuela unos amargos (aunque a ella le gusten dulces). ¿Vos también? Ah mirá, que casualidad. Pero Joaquin Morales Solá dice que el país está hecho mierda por gente que se parece a mi, pero que en realidad yo no conozco. Y en cierta forma, comparto ideas pero no la vida. Pero vos le crees a Joaco, sin preguntarle que hacía en un allanamiento militar en la dictadura.

Tenés mi número para llamarme, el de El Rifle Varela ni lo sabes. No seas así, no te engrietes, llamá a ese amigo que para vos está en la vereda de enfrente, escuchá un poco más. Comprendé porque piensa como piensa, no seas exigente, su vida la vivió con sus zapatos, no con los tuyos. Capaz que así si nos unimos un poco más, entendiendo al otro, siendo menos prejuiciosos y escuchando. Hablando mucho, comunicándonos más y mejor (¿ves? hay gente que se sigue preocupando por la comunicación). Pero no, Sandra Borghi  y Majul dicen que somos distintos. Apagá la tele, te está quemando el bocho.

Agarrá el celu y mandá un audio, todavía estas a tiempo. Pero no de noche, porque apago el teléfono. A esa hora estoy pensando en la comunicación.

martes, 1 de septiembre de 2015

Soy.

Soy de acá, del sur del conurbano. Soy de estas tierras, donde nació el Diego. Soy de Fiorito, Escalada, Lanús, Lomas y de Longchamps (que en mi diccionario significa amor), Soy de Gerli, del Pompeo, de Pinyero también. Claramente soy de Avellaneda. A veces soy de Sarandí y de Banfield, de Turdera y de Lavallol. En ocasiones soy de Glew y muchas veces soy de Korn.

 Soy del barro, de la mierda del sur, de la negrada, de la vagancia y también de los que echaron raíces. Soy de mi vieja, que amó Lanús. Soy de mi viejo que vivió en Lomas. Soy de donde los pibes me acuñaron. Soy de acá nomá.

 Soy de los que se quedaron en 2001, porque "nos caemos a pedazos pero no nos vamos", diría mi viejo. Soy de los que bancan, de los que creen, de los que votan. De los que putean y se quejan pero también razonan. Porque si hay algo que no soy es lorito repetidor.

 Soy mi barrio, mi abuela, mi tío Pedro con sus lentes atados con un alambre. Soy zapatero de alma nunca ejercido. Soy de los trenes, de los ferrocarriles. Soy calderero pero tampoco ejercí, básicamente porque nunca vi una caldera. Soy del Roca y de La Noria. Soy esa baranda que los días con viento se respira cerca del riachuelo.

 Soy de acá, argentino doy gracias a Dios. No italiano, no griego, no armenio. No soy una mezcla de razas, no soy la perfección ancestral sino todo lo contrario. Lo que no se tenía que mezclar, lo que algunos no quisieron que se fusione.

 Soy lo que quedó del amor de mis viejos, la fruta que se cayó de un árbol algo baqueteado, pero el más iluminador que tengo. Soy una contradicción que se quedó para romper las bolas, para que los giles me respeten y no se la lleven de arriba. Soy un grano en el culo para un par, y con eso me alcanza.

 Soy de los bondis, del 405 y el 247. Soy del 520 C que pasa cada tanto. Soy el 283 que te deja cerca de Talleres. Soy de ahí también. De Timote y Manuel Castro. De Marraspin. De donde nació el peronismo familiar. Soy de cualquier linea que me deje cerca de la casa de un amigo. Soy amigo mio, que me hace mejor amigo de mis amigos.

 Y soy de Lonchi, de sus kilometros separatistas, de sus calles con varios nombres, del barro que allá también tienen, de Alsina y de Pavón. Y soy de ahí porque soy amor desde que la vi por primera vez.

 Soy todo lo que no fui hace unos años. Porque algunas cosas cambian si no cambia la esencia. Sino el que cambia sos vos, no las cosas. Y creo que todos saben lo que nunca seré.

miércoles, 11 de marzo de 2015

Acostumbrarse o no. Esa es la que es.

  El hombre es un animal de costumbre, afirman. A la larga o a la corta termina aceptando situaciones que quizás al principio no toleraba. Me pasa seguido, pero no tanto

Me puedo acostumbrar a que a la democracia más real le digan dictadura. Que las cosas salgan cada vez más caras. Que los que nos tienen que cuidar nos roben. Que las personas vivan en el individualismo más cerrado.

Me puedo acostumbrar a que no haya trabajo de lo que me dedico. Que mis compañeros también vivan en el individualismo, o cosas peores. Que los buenos sean pocos. Que al periodista se le pida mucho y no se le dé nada. Que parece un hobby en vez de una profesión.

Me puedo acostumbrar a los falsos amigos. A las noches sin preguntas, al mar invisible. Me puedo acostumbrar a acostumbrarme, a ganar, a perder y, en ocasiones, a empatar cero a cero. A los asados sin chimi ni pinta, a las horas perdidas, los gritos contenidos. Me puedo acostumbrar a solo hablar por este medio

De lo que no me puedo acostumbrar es de que los equipos de fútbol usen camiseta rosa. Nunca lo voy a entender. 

viernes, 9 de enero de 2015

El silencio no es su idioma

   En Temperley hay un mural que reza “Cromañón nos pasó a todos”.  Si bien hace 10 años fueron aproximadamente 4500 las personas que estuvieron en el boliche de Once, la tragedia nos golpeó a todos. Porque esa noche murieron 194 pibes, pero también estalló el rock, lo que se gestó en la década del 90 y quedó en evidencia un sociedad que muchas veces mira para el otro lado y un poder político que no pensó en las personas.

Ese 30 de diciembre de 2004 hacía calor, Callejeros estaba en auge y Republica de Crómañón era el lugar para cerrar el año. “Terminarlo con una fiesta”,  pensó Daniela Sánchez, integrante de la agrupación Sobrevivientes de Cromañón Zona sur. Pero la noche le tiró una trampa.

  Daniela era una adolecente de 14 años, que no le pidió permiso a nadie y se escapó de su casa para ver a su banda favorita. “Ese año fue el primero que empecé a curtir la cultura del rock,  ir a la cancha, ir a recitales, a tener hábitos de rebelde y revolucionaria”, asegura Daniela. Se fue con un amigo para Once, con toda su inocencia a cuestas. No le gustaba que la banda haya logrado un crecimiento porque eso traía consigo un cambio en la masividad y el público, pero entendía la cuestión: “Las discográficas  utilizan a la música como un producto y no como el arte que es”, reflexiona.

  Llegó sobre la hora y gracias a eso se quedó casi en la puerta, atrás de la escalera que estaba pasando las puertas de ingreso, luego de un pasillo ondulado. “Después descubrí que ese pasillo era una irregularidad del boliche porque no se puede reducir el ancho”, afirma. El lugar estaba muy lleno y hacía mucho calor. Nunca pensó que las cosas andaban mal: “No tenía conciencia de lo que estaba bien. Los medios te vendían el lugar como el sucesor de Cemento y que entraban 5000 personas”, asegura.

Recuerda que el calor era sofocante, sufre más las altas temperaturas después de la tragedia. De golpe se cortó la música y la luz. “Lo tengo todo como diapositiva y lo voy reconstruyendo cada vez que me siento a pensar cuando me tranquilizo. En estos diez años creo que lo hice todos los días. Me sirve acomodarlo, me enseña constantemente cosas”, recuerda sobre el momento que comenzó el incendio.

No puede escuchar “Distinto”, el tema con el que empezó el recital. Ni el primer acorde. La lleva directamente al día de la tragedia: “No soporto ni que la gente lo cante”, afirma.
  
“Mi amigo me dijo que no lo suelte y creo que mi cabeza entendió que era lo único que no tenía que hacer. Son momentos que quedan muy arraigados: me acuerdo el tono de la voz con que lo dijo, el sentimiento que le puso al decirlo. Y eso me sacó adelante: la fuerza que hizo mi amigo y que yo no me solté”, recuerda Daniela
  
  En ese momento Daniela se paralizó. No pudo reaccionar, quedó en estado de shock. “Veía la cantidad de pibes que entraban y salían, la gente que llegaba con agua para asistir porque el calor y el humo te quemaban y no podía hacer nada Mi amigo quería ayudar pero yo estaba pidiendo ayuda porque no podía responder. Es muy difícil procesar el momento. Tantos pibes, tanta desesperación. No tiene lógica”, lamenta

  Lo tomó como una deuda grande. Se lo recriminó. Daniela estuvo ocho años sin poder exteriorizar lo que le pasó esa noche: “Después de esa noche, me iba a dormir y pensaba que me iba a morir. Me atormentaba, no me dejaba estudiar, no me dejaba respirar, no me dejaba hacer nada. No me dejaba desenvolverme en mi vida, estaba atravesada por la tragedia”, asegura.

Un día luego de discutir con su novio, sintió la necesidad de empezar a hablar, pero primero volvió a caer. “Soy técnico químico y trabajaba como analista de control de calidad. Tuve problemas en el trabajo y me echaron. Estuve unos meses desocupada y me di cuenta que descargaba mi ira y mi dolor en mi novio. Pase un mes encerrada en mi casa. Entré en una crisis después de darme cuenta que necesitaba hablar”, confiesa. 

“Cuando empecé a exteriorizar mis problemas me di cuenta que necesitaba contárselo a cualquiera. De a poco me fui soltando. Callejeros calló preso y en una volanteada en Avellaneda me crucé con gente que había visto en algún lugar y fue un quiebre, porque hablé. Me sentí escuchada. Despertó en mí una necesidad de hacer cosas. Automáticamente mi cabeza empezó a sacar ideas y actividades que en ese momento eran un sueño y hoy son realidad. Pero tuve que laburar mucho conmigo para que la situación no me avasalle, no me haga mierda. Fue un proceso largo para entender que eso era lo que necesitaba. Dejé de actuar por inercia”, asegura Daniela

Los medios y la tragedia

  Esa noche entendió el papel de los medios. Vio gente que no soltó la cámara por cubrir lo que pasaba. “Parecía que no tenían alma. Hay un morbo que existe porque alguien lo consume. Los medios tienen una deuda con los sobrevivientes. Y más los medios dominantes. Cuando pasa algo con respecto a Cromañón los primeros que van son cierto grupo que responde a los intereses de la causa”, afirma Daniela.

“Los medios no tiene cuidado sobre lo que cuentan: la guardería y la banda bengalera son mitos que inventaron ellos. En estos 10 años no encuentro cambios: todavía no tenemos voz. Hay medios independientes, diarios digitales que se copan y vienen pero a los dominantes nunca vamos a llegar”, asegura.

El ojo idiota del Rock and Roll

 “Todas las veces que le preguntaron a Andrés Ciro, nunca se hizo cargo. A él no le pasó Cromañón. Cerati contó que en un recital se murió una persona en las vallas y automáticamente dejó de tocar. Es algo que le pasó a él y no pudo dejar de sentirse responsable por velar por la seguridad de su público. Excede a los músicos porque detrás está el empresario y el aparato estatal. En su momento la plana mayor del rock se lavó las manos. En estos últimos dos años hubo un cambio rotundo. Con las adhesiones a la causa de la banda, muchos músicos se comprometieron a partir de Callejeros preso”, reflexiona Daniela

Sobrevivir al presente.

  Hay 4000 pibes sobrevivientes que nunca se cuantificaron.  “El año pasado la Coordinadora Cromañón fue despacho por despacho de la legislatura con una ley que fue aprobada de restitución integral, en cuanto a salud, educación, inserción laboral e indemnización económica. La que nos daban antes, desde el 2005 al 2013, era de 600 pesos. En el 2005 representaba el 98 por ciento del salario vital y móvil; en 2013 el 22 porciento. Es vergonzoso. Es un debito para comprar remedios, no para cualquier cosa. No entiendo porque el familiar y el sobreviviente tienen que salir a luchar a la calle por algo que le deberían dar sin más”, reclama Daniela

“Después de 10 años que nos ningunearon, nos manosearon, nos re cagaron la vida, nos dejaron en un pozo profundo, en la caja negra de la caja negra, ahora nos vienen con aire de grandeza como diciendo ‘No te debemos nada’. Esos tipos cobran para que, supuestamente, uno pueda vivir bien”, dispara. 

Nunca más pasó por el boliche: “Al santuario fui, pero ahora lo sacaron. Todos sabemos quienes fueron. No tuvieron un debate abierto. Hay una articulación pero están solo ellos. El santuario era de todos. La peatonal no. Me preocupa que más no vayan a sacar”, lamenta 

Y a la gente solo la ayuda la gente.         

  Con la agrupación, Daniela encontró donde depositar esas ganas de ayudar. Se reúnen todos los sábados  en distintas estaciones del sur del conurbano para concientizar y pedir justicia y libertad para Callejeros.  En noviembre de 2014 pintaron un mural gigante en Temperley, en la esquina de Pichincha e Hipólito Yrigoyen que contiene las normas de seguridad que hay que respetar: “Fue una necesidad, por protesta y para que alguien lo vea y le sirva. Quería dejar un mensaje que dure y sea positivo. De reconstrucción, de renacer de solidaridad, de empatía, de respeto por el otro, de aprender a cuidarse y cuidar al que tenes al lado. Me encontré con Florencia Menéndez (la muralista que colaboró) que es una bestia y nos dio una mano gigante. Cromañón lo logre transformar. El mural es mi terapia”, afirma.
  
  “Tenemos un proyecto de charlas en las escuelas muy grande. Son charlas sobre Cromañón, sobre las irregularidades y sobre lo que tiene que cubrir un establecimiento público. Hay boliches, shoppings, mercados y bancos que tiene irregularidades. Hay que dejar de ser espectadores. La concientización tiene que estar siempre, donde parás te ganan los medios y este poder político que te estupidiza, que quiere que vos seas un sumiso que no pienses. La misma desregulación que hubo hace 10 años sigue pasando ahora en la Ciudad”, asegura

Lo que vendrá.

  “Nací en los 90, en la miseria de esa década.  Cromañón le pasó a esta generación y hay que hacerse cargo.  Hay ignorancia y ganas de ignorar en la sociedad, porque el sentido común debe existir en cualquiera de nosotros. Y hay también una responsabilidad social que hay que asumirla. Me pasa en la cancha, cuando voy a ver a Racing: si veo una bengala, o la apagas o me puteas. Pero tenes que ver lo que estás haciendo. La pirotecnia tiene que ser manejado por quienes saben del tema”, subraya.

  “Hoy estoy contenta con los pibes que militan, más allá del partido en el que militan. Se comprometen, laburan, van y ponen el cuerpo, porque no es cosa de sentarse y charlar; van a las villas o ayudan a un hospital o un hogar. Y un pibe que se forma con ideales, se muere con ideales. Es importantísimo para la formación de una sociedad mejor”, sueña Daniela