sábado, 4 de octubre de 2025

LA NOCHE DE CRISTAL

   La noche del 30 de julio de 1997 Sporting Cristal nos ganó 4 a 1 de visitante y terminó con la ilusión de Racing de volver a jugar una final de Libertadores. Mis viejos estaban casados, en Lanús gobernaba Manolo Quindimil y fuimos a la casa de mis abuelos a ver el partido. El otro día, contra Vélez, estaba yo solo en la tribuna.

  Para la generación de mi viejo fue una de las últimas ilusiones. Para la mía fue la primera piña. Pero hay una generación en el medio que entre derrotas y frustraciones fue armando un prototipo de hincha de Racing muy interesante: el curtido. A ese hincha hoy nadie le puede objetar nada. Comió mierda y ríe con el presente. Ambas generaciones vamos en busca de la revancha de la noche de Cristal.

  Racing era un equipo sólido en esa Libertadores. No descollaba, dejaba la vida y tenía mucha hambre. Como en toda la década del 90 era más huevo y corazón que fútbol. Quizás eso nos faltó en Lima o simplemente ellos eran mejores. Los peruanos tenían un equipazo, varios jugadores de selección y un empuje bárbaro. Ambos partidos se dieron en un gran clima.

  En Avellaneda Racing tuvo un recibimiento acorde a su historia. La bandera más grande del mundo estrenada hacia unos meses volvió a aparecer, papelitos por millones y gritos eufóricos. El gigante dormido mostraba los dientes. El hincha joven se cruzaba con el que vió al equipo de José.

  Recuerdo las palabras de Julinho cuando volvió en 2015 como parte del cuerpo técnico del club peruano: “He jugado en muchos estadios del mundo, incluso en el Maracaná con 150 mil personas, pero nunca en mi vida había vivido algo como lo que pasó en esa semifinal. Se movía el piso, la hinchada de Racing saltando, humo, papelito picado, rollos de papel, fue la mayor sensación que he sentido en una cancha en toda mi vida. Cada tanto entro a YouTube a ver el recibimiento de la gente de Racing”, expresó.




  Arrancó ganando Racing, lo empató el Camello Soto (jugador peruano con más presencias en copa Libertadores) y en el segundo tiempo, con dos jugadas de pelota parada, Úbeda clavó dos pepas para sacar diferencia. Tuvimos alguna para ponernos arriba por tres y sentenciar pero no pudimos. Cuando faltaba poco para terminar Julinho sacó a pasear a Úbeda, metió un gran centro y Luis Bonnet descontó. El pelado argentino nacionalizado peruano, uno de los máximos goleadores de Atlanta, se convirtió en un fantasma automáticamente.

  Mi viejo se lamentó toda la vida esas situaciones. Pasábamos de estar 4 a 1 a un 3 a 2 corto. Siempre quedó en el aire la idea de qué hubiese pasado si la cosa era distinta. Lo que empezó como un fiestón terminó bastante serio. Los peruanos no eran nada fáciles. Yo era chico, todo me parecía genial. Ganar y tener ventaja para viajar a Lima estaba joya. Vamo Acadé.

  A la semana fuimos de mis abuelos a comer. Suponía que íbamos a tener una gran noche y mantener la misma intensidad. Ganar y gozar. Pero de buenas a primeras el partido se puso muy complicado. Julinho siguió bailando a McAllister padre y Bonet empujó una pelota para el uno a cero. Delgado empató al rato y hubo unos minutos de gloria, el cielo en Lomas de Zamora. Duró poco. Nos fuimos al entretiempo abajo.

  En el segundo tiempo fue una catástrofe. Una linda paliza, el equipo se cayó anímicamente y el sueño se rompió feo. Mi viejo estaba demolido en la mesa del comedor, mi abuela se hacía la boluda y de mi abuelo recuerdo quejas pero creo que por dentro sabía que no había otra chance. Cuatro años después partió. Yo no tenía consuelo, veía a los jugadores y me daba una pena enorme estar pasando por eso.




  Ahí el club se fue al carajo. La gestión de Otero dependía íntegramente de ganar la Libertadores. No había otra. Cuatro meses después Lalín ganaría las elecciones y pediría la quiebra con continuidad. Nos acostumbramos a estar en la tapa de los diarios por quilombos, por derrotas tontas o goleadas en partidos importantes. El título del 2001 fue un oasis entre el bardo de estar gerenciado. Pasamos de soñar a tener pesadillas.

  Este año hay una revancha que late. No está Julinho, no está Bonnet, no está el Camello Soto. Tampoco están mis viejos ni mis abuelos. La casa de mi abuela ahora es una obra en construcción. Vaya a saber a dónde están las tazas que usó para servir café para hacerse la boluda. Racing es otra cosa también. Compite pero también gana. La gente pide un salto de calidad (a veces de forma histérica). Las tapas de los diarios no existen más pero no nos metemos en quilombos. Racing, después del calvario que empezó en Lima, logró enderezarse.

  Es una gran oportunidad para borrar al fantasma de Bonnet y abrazar con el corazón a la familia. Nuestra revancha y la de mi viejo, ¡vamo Racing, a la guerra!

miércoles, 11 de diciembre de 2024

ELLA NO MATÓ A UN GASISTA MATRICULADO

 Esta historia comienza un lunes después de romper la manija del horno de la vieja cocina de casa. No quedaba otra que llamar a Marcelo, nuestro gasista amigo. La cita fue al siguiente martes, porque los tiempos de él no son los nuestros, ni los de nadie. La boleta de gas había venido cargada y había olor a que no era por los aumentos de este gobierno desquiciado, sino alguna perdidita rebelde. 
 
 Venía tanteando hacía unos días largos el consumo directamente del medidor. Sentía que Metrogas nos estaba cagando, pero quería ir con la verdad, con los números arriba de la mesa. Unos días antes de que llegara Marcelo tuve un ataque de furia después de que mi suegra me dijera que sentía olor. “Tu mamá siempre siente olores y no la pega nunca”, le dije a Martha. En parte tenía razón yo: si bien había una pérdida y no lo sabíamos no había un punto de fuga, por ende no había olor claro a gas. 

  Todas esas mediciones y broncas se fueron al tacho cuando Marcelo puso el manómetro y su columna marcó el principio de este problema. El cambio del robinete de la cocina fue una pelotudez y lo solucionó al rato, cuando todo era tristeza y desazón, cuando ya se veía venir un gran quilombo. Martha me dijo el número que podía llegar a salir y me senté en la parte de atrás de la casa con las manos en la cara a pensar un buen rato. Solo veía imágenes en blanco y negro. 
 
 Cuando la tarde promediaba, Marcelo se sentó y agarró una lapicera. Me le paré al lado y de arriba contemplaba la escena. Números largos, nombres de piezas que desconocía, varias opciones de donde comprarlas y un aviso: “me decís que ya tenes todo y vengo”, dijo con seguridad. Hubo miradas de cansancio, de preocupación, de inseguridad, momentos de resolución y de quilombo. Le dije a Marce que lo alcanzaba hasta la casa, con más gratitud que ganas. 
 
 Martha estuvo rápida y en 18 horas tenía tres presupuestos. La mañana del miércoles estaba cargada pero parecía que se podía lograr en tiempo récord (para nosotros). Volví a casa, agarré la plata que habíamos conseguido y nos fuimos a comprar. Llegamos al lugar, nos atendió un señor muy amable con nosotros, la señora que estaba cansada de la vida (y suponemos que de su marido) y el muchacho que hace las veces de ayudante. Cargamos las cosas y saludamos. Volvimos a casa para tomar mate y festejar nuestra velocidad.
 
 Pero claro que nuestros tiempos no son los de Marcelo, un gasista/electricista que es tan errante como yo. Ni bien salimos de la casa de sanitarios y puse primera le dije a Martha que le podía escribir para avisarle. Ella me contestó una genialidad: “ya lo hice mientras pagabas”. Una jugada rápida que pensó y ejecutó a la perfección. 
 
 Nuestro hombre prometió estar al otro día cerca de las 10. Creímos. No teníamos porque no hacerlo. Las últimas 48 horas habían sido muy agitadas y solo queríamos que se termine esta fase, la de arreglar el tema con una nueva instalación de gas. Después vendrían mas boletas de altísimos precios y gastos extras que cubrir. 

  No solo no vino el jueves sino que no se comunicó hasta que por fin respondió un mensaje el miércoles siguiente. Dijo haber estado muy enfermo y que al otro día estaría en casa a las 10. Una semana después. Martha comenzaba su enojo con frases como “voy buscando otro gasista”. 
 
 Ese día vino, pero a las 12. Trabajó hasta las 17.30, con un parate de una hora donde me contó mil anécdotas, de las buenas eh. Al otro día llovió y era viernes feriado. Sábado y domingo no vino. Cayó el lunes a todo ritmo y se ausentó con clavada de visto y promesas rotas hasta el siguiente lunes. Martha ya me decía que era “un hijo de re mil puta”. Simplemente. 

 Pero esta vez era más difícil de tragar: el jueves fue asueto y yo estuve todo el día en casa, esperándolo. No había que arreglar horarios, no había ni siquiera que ser puntual. Otra clavada de visto y la ilusión al tacho. Volvían los insultos, Martha hablaba de que era para matarlo, ya tenía otros presupuestos por si nuestro hombre desaparecía. 

  No está de más aclarar que hacía un frio del carajo, que nos dormíamos más que vestidos, que bañarse era el mejor momento del día y que “La concha de tu madre Marcelo” era una frase que repetíamos como mantra. Sin auto porque murió la batería en el medio de todo esto, la vida se había puesto muy helada. 

  Hubo cosas lindas también, pero siempre con la idea de que si nuestro hombre viniera todo sería mejor. De golpe metió dos días y pidió unos materiales. Había que conseguirlos rápido porque eso podría dilatar todo. Estábamos sin mesada de la cocina, lavando los platos atrás, en el lavadero. Un amigo prometió ayudar e ir a buscar lo comprado con su auto. 

  No voy a decir el nombre para no quemarlo, pero es un amigo muy querido que tuvo la mala suerte de tener dos días de pelotudo y abusar de nuestra confianza. Cuando Martha lo llamó para ver si al final iba a cumplir su promesa le dijo “iba a ir después de llevarle el auto a un mecánico por un ruidito y al final se lo tuve que dejar”. Metíamos la mano en una bolsa de conchas y sacábamos la pija de Pie Grande. 

  Un gran vecino nos ayudó a cambio de nada pero le conseguimos algo que necesitaba porque somos agradecidos. A este si lo nombro: Arturo, muchas gracias toda la vida, gracias por esa alegría. Martha se subió al auto y trajo las cosas, otro obstáculo esquivado. Ahora si, dale Marce que ya estamos. 

 Se tomó otros dos días y el lunes prometió estar. Nuestro hombre no solo es errante sino que además es gasista/electricista. Las tiene todas, maneja el tiempo como su billetera y sus condiciones pueden. Ese lunes falló, pero lo peor es que también falló el calefón. Nos fuimos a dormir enojados y sin bañarnos. A esa altura le pedía a Martha que no me meta mas ficha que se me iba a volar la tapa de los sesos de la bronca. 

 Al otro día era el feriado del 9 de julio, quise comprar el repuesto del calefón pero no encontré nada abierto. Tuvimos que irnos a bañar a lo de Ale (que es como mi mamá). Martha y el nene se bañaron joya. Yo sufrí porque la ducha se puso en puta conmigo. Tenía muchísimo frió, solo me mojaba un hilo de agua tibia y mi bronca era incontenible. Supe que peor no se podía estar y que al otro día Marcelo aparecería, porque si no iba a dejar que Martha lo mate y pensaba declarar que yo era el culpable. 

 El miércoles 10 de julio, casi un mes después de haber comenzado y con pocos días trabajados, nuestro hombre conectó la estufa y salvó su pellejo.

lunes, 28 de octubre de 2024

CACHITO

 Como Bestia, aquel personaje de los X-Men, Cachito era un gran doctor y al mismo tiempo un nacido para ser salvaje. Su vida estuvo marcada por las desavenencias y su sabiduría como faro para salir jugando desde abajo. Un pequeño homenaje al mejor médico de nuestro terruño, un hombre increíble y un cabrón fantástico.  

  El auto frena desesperado frente al portón verde. Toca el timbre en la casa, no en el consultorio. Casi es medianoche. Sale La Bestia con ropa de entrecasa. Un padre con su hijo pequeño de solo días en brazos lo espera ansioso. El doctor mira y casi sin pestañear dice “subite al auto y andá para el hospital, yo te sigo con mi coche”. La bestia se cambia rápido y sale con ropa de médico.

  Sube a su auto y acompaña Ya había avisado que lo esperen con todo listo en el servicio de neonatología, su lugar de trabajo, donde ejerce y es jefe. Pero sobre todo lo respetan por sapiencia y carisma. Cuando llegan, casi juntos, alcanza al padre e interna al chico. Otra vez La Bestia se transforma en héroe y se va a dormir tranquilo, sabiendo que hizo lo que su voluntad le indicó.

De estas tenía mil Cachito.

  Cacho era neonatólogo y pediatra, estudió en Córdoba y volvió a su Longchamps natal para ejercer. Era el antiguo médico del barrio, del pueblo, de la gente. No sé si la definición es “de los de antes” pero estoy convencido que tenía una voluntad de servicio que hoy ya no se ve. El paciente era lo más importante para él. Tenía una visión social y humana que emocionaba.

  En sus ratos libres le gustaba escribir, cantar y tenía un hobbie con la fotografía muy especial. Sacaba imágenes que no eran las clásicas, las que se ven repetidas cuando  alguien se dedica un poco. Se distanciaba de las modas y por momentos ponía en dudas lo que buscamos en una imagen.

  Pero volviendo a la medicina, utilizaba su cámara para sacar alguna foto a los pacientes que pasaban mucho tiempo en neonatología para dárselas a las familias y que tengan imágenes de sus bebés de pequeños. No es fácil tener una criatura internada mucho tiempo en ese servicio, la construcción del vínculo se complica. Cachito sabía y lo sufría. Y ponía todo de él para ayudar a mejorar.

  Seguramente su trabajo y vocación le quitó tiempo para otras cosas, seguramente cometió errores. Pero esto es un homenaje, no una biografía. Acá no juzgamos a nadie. 

  Un día, cuando ya su salud estaba bastante delicada, lo llevamos al laboratorio de mi trabajo para que le sacara sangre. Su fuerza  y su atención iban y venían. En su silla de ruedas, estaba hinchado los huevos de estar esperando. Cuando entró para que lo atiendan ya no tenía ni ganas de estar ahí.

  Pero el técnico del laboratorio le dijo algo que lo despabiló. “Vos no te acordás de mi, pero yo si de vos. Atendiste a mi hijo cuando era chico”. La Bestia le preguntó el apellido e intentó recordarlo, asistió con la cabeza pero nadie le creyó. Era muy probable que su memoria le fallara una vez más.

  Lo que vino después fue el plato fuerte. El compañero de laboratorio se dio vuelta sin dejar de hacer su laburo, hizo una pausa y le dijo mirándolo a los ojos “vos le salvaste la vida a mi hijo”. Fue imposible no lagrimear como ahora que lo vuelvo a repensar, lo escribo y lo repito.

  ¿Saben lo que significa salvarle la vida a alguien? ¿Salvar la vida de un niño? No tienen idea muchachxs. Yo sí, porque conocí a Julio Jorge Wolovich, Cachito, La Bestia. 




lunes, 6 de mayo de 2024

TITO

 Una escalera que la lleva a otro espacio nos separa, entre alfajores y un rotundo llanto cuando abraza a la creatura. No esperaba que este final me dejara tan sensible. Como cuando aparecen esas flores con cositas naranjas, como un gol de Luguercio peleando el descenso, como una tía que supo que no es la única y decidió ser la mejor. Tito volvió a Irlanda y me la paso llorando todo el tiempo.

  Cuando la conocí era pura sonrisa, tomaba algo en un bar de Lomas y yo pasaba con la hermana a una de nuestras primeras citas. Tito todavía no era Tito, era Camila, la más chica de lxs hermanos de Martha y potencial cuñada. Cuando se hizo oficial pasó a ser Cami, después Tito y ahora gran parte le dice DJ, por una broma interna que la creatura tomó como propia.

  Yo me quedé con Tito. No estaba el día que empezó lo de DJ y me parece más original. Como al boludazo de Yacob que le decían La Flaca o a un amigo de mi primo que le decían La Negra. Ese juego de cambio de géneros en el apodo me parece enriquecedor. En general, estamos flojos de apodos, sobre todo en fútbol. Ahí es donde más se siente esta crisis de motes.

    En las primeras charlas familiares Martha le pedía con tono de jefa que module. Tito hablaba y se le amontonaban las palabras. La boca era un samba que lanzaba frases y no se le entendía mucho. Un poco era modulación y otro poco es la energía que pasa por ella todo el tiempo, tiene la chispa encendida 24/7.

  Cuando nació la creatura se sacó el cartel de cuñada para ser tía, para ser la puta ama. Creció junto al pibe y lo llenó de amor de tía. El primer año habíamos puesto un local de plantas y nuestra vida era un caos. Tito venía los findes a dormir la siesta con el gurrumín para que yo me pueda ir a laburar. Traía paz, incluso el día que se le escapó la gata que estaba en celo y se la re garcharon hasta llenarle la panza. La iba a mandar al carajo y recordé que era ella. 

  Un día vino con su tristeza a cuestas, pidió que le compremos jugo (porque siempre conurbano) y se sentó a comer con el niño y conmigo. Para romper el hielo le pregunté cómo estaba. Se largó a llorar inmediatamente. Trató de disimularlo y no pudo. Siempre voy a valorar que ese día prefirió estar con el nene y no con su tristeza.

  Hace dos años se fue a vivir a Irlanda, un lugar frío y lluvioso de este hermoso planeta tierra. No hubo ninguno de esos argumentos cipayos de que en este país no se puede vivir y esas cosas. No. Solo fue a continuar su vida con el Hombre de la Rosa a su lado.

 Seguimos conectados por videollamadas, la creatura le manda mensajes y tiene actividad en el grupo familiar. Recordaré la despedida sorpresa que no fue tan sorpresa y que no me quiso dejar su equipo de música por un prejuicio. No pasa nada, todo sigue.

  ¿Cuánto cuesta dejar ir a un familiar a vivir su sueño? ¿Cómo rompemos la virtualidad? ¿Qué podemos hacer por nosotros mismos ante este embrollo? Lo único que puedo recomendar es que cuando los ojos se llenan de lágrimas las dejes salir, solo ama lo que la bestia que llevas dentro ama, diría Mary Oliver.

    Solo se que extrañar no está mal y que todo queda intacto para cuando nos vuelva a visitar. Hasta el final del final. 

viernes, 26 de abril de 2024

UN BIFE PUDRIÉNDOSE EN LA MESADA

 A fines de los 90 el que no se había caído del sistema estaba a punto, en la cornisa, pisando cáscaras de banana. Una época de cambio, de transición, que transformó al país y a su gente. El trabajo escaseaba  mientras que el mundo parecía ir en otra dirección. Mientras tanto, en Lanús, mi viejo no tenía heladera. 

   La década del 90 en Argentina terminó cuando entre la justicia y el pueblo le negaron la re-reelección al Turco. El presidente de la nación quería que le habiliten un mandato más y así mantenerse por 14 años en el sillón de Rivadavia. Con él se fue la década del “deme dos”, los grasosos viajes a Miami, la convertibilidad y la fallida revolución productiva.

  Para 1999 el país era un caos. La tasa de desempleo crecía y se notaba en la calle. Mi viejo laburaba hace rato como ingeniero en una empresa que vendía mallas metálicas para separar la nafta del agua en aviones y otras aeronaves. Con los beneficios cambió el coche, reparó todo lo que pudo la casa y afrontó con dignidad económica la separación amorosa con mi vieja, aunque hubo algunos inconvenientes lógicos e inevitables.

Yo estaba en séptimo grado, mis días eran de fuego y Racing no ayudaba. Viví en Lanús hasta agosto que me mudé a Lomas con él. Hacía casi dos años que estaba en la casa de la pareja, un lindísimo chalet muy cerca del Parque y de la casa de mis abuelos. La vida se me dio vuelta y pasé de ser el niño mimado a uno más de la selva. Un cambio en el guión que me voló la mente. ¡Rock and Roll y fiebre!

  Omar, en cambio, surfeaba entre el trabajo, cuidarme, cuidar su relación amorosa y una casa que le volvió cuando murió mi vieja. La llave se la dieron unos días después y cuando entramos se encontró con un panorama que no imaginaba. Tuvo que ser fuerte y manejar broncas y tristezas para poder pensar con claridad qué hacer.

  A la semana de haber tomado posesión trasladó un par de cosas hacia Lomas. Entre las más importantes estaban la heladera y mi televisión. Obviamente me dejó tomar la decisión a mi, porque “son las cosas de Federico” fue su lema. Entonces la casa quedó muy vacía y por momentos era un espacio insalubre para ambos.

  Al principio íbamos solo los findes, calculo que él se encargaba de hacer alguna escapada en la semana. Pero después me dio las llaves de la casa, las primeras que tuve en mi vida, y fue como hacerme crecer de golpe. Y no fue solo la llave que abría la puerta principal, ¡Omar me dio todas! Hasta las del garaje. Tuve que aprender cada una y saber cómo usarlas. Era un manojo enorme y muy pesado, física y simbólicamente, para un pibe de 12 años.

  Iba cuando salía del colegio y esperaba en la casa, que era mi casa y después también lo fue, que vengan por mi. O iba de un amigo y a la tarde me daba una vueltita para ver si todo estaba bien. A veces comíamos algo ahí y Omar solía dejarme galletitas y latas de gaseosas que se tomaban tibias ya que no había como enfriarlas.

  En todo ese quilombo le avisaron que la empresa de al lado de donde trabaja iba a comprar la suya. Y por una política laboral solo iba a mantener a algunos empleados. Indemnización y chau pinola. Muy década del 90. Para los primeros meses del 2000 mi viejo se quedaría sin trabajo, a los 48 años y después de más de 15 años de servicio. Arrancar de cero después del tendal, con un pibe sin madre y miles de obligaciones.

  Imagino que sería por eso que la mala alimentación y los cigarrillos crecían en su vida. Corriendo de acá para allá, con poca ayuda y muchos bardos un día decidió que lo mejor era comer algo en la casa de Lanús para después de almorzar irnos a Lomas. Un cambio de planes de último momento hizo que me pasara a buscar por el colegio y que nos fuéramos directamente. El dato: era viernes y había dejado un bife en la mesada para que vaya perdiendo el frío que traía.

  Contó después que el bife se puso verde después de estar perdiendo frío y composición por tres días en la mesada de la cocina. La casa no le perdonaba tanta soledad. Recuerdo esos momentos y pienso en el esfuerzo que hizo para cuidarme y que solo tenga en la mente el bife, la casa y las llaves.

  Con el tiempo la cosa no mejoró y una mañana de febrero lo encontré en la cocina de Lomas leyendo los clasificados. Todos pedían cadetes jóvenes, si tenían moto, mejor. Un dejavu de nuestro presente. Hoy todos podemos ser Omar y su apuro para tapar agujeros, olvidándonos nuestros bifes en la mesada.


https://www.youtube.com/watch?v=mI5jnUSA9Ag


viernes, 5 de abril de 2024

ESCAPARATE.

La secuencia de esperar un premio, un regalo, o un simple diario, como si fuera un preciado objeto que no entendía como para otros podía tener fecha de vencimiento. Mis primeros pasos en el periodismo, negándolo, tratando de que sea un hobby. Quizás algún día fue una idea para salir a trabajar al mundo, con todos los condimentos que exige cualquier sociedad con los trabajadores. El final de un oficio y las nuevas formas de distribución, todo junto como un combo de post-modernidad.

 Que los puestos de diarios estén en la calle siempre me pareció una genialidad. No son un local, no es venta ambulante. Son estructuras que están sobre las veredas que ahora resisten contra el tiempo. Toda la plata de un negocio duerme en una esquina y a veces no duerme, porque hay algunos que nunca cierran. Salen de lo común, piénsenlo. Po eso se llaman escaparate.

  Alguna vez, en mi efervescente juventud, quise tener uno. Bah, laburar uno. Cuando empecé a trabajar en el buffet me imaginaba mil mundos mejores en el ámbito laboral. Y eso que al principio no estaba mal, no me parecía un laburo malo. Pero quería otra cosa, tenía aires de libertad, creía en un mundo mejor. Con el tiempo me di cuenta que era un problema de entendimiento.

  Para mi era ir a trabajar, hacerlo lo mejor posible, encontrar pequeños huecos que funcionen de respiraderos, de ventanas soleadas en invierno, y volver a casa para vivir la vida. Ese mecanismo creía que me llevaría a lugares mejores, a armar una carrera laboral, a que alguien diga “che, este pibe vale” y pueda desarrollar mi potencial increíble (que ni yo sabía que existía).

  No recuerdo bien cuando se rompió, pero estoy seguro que fue en el buffet. No había pasado mucho tiempo entre mi comienzo laboral y la desilusión. Entonces cualquier idea de salir del castillo que se había derrumbado era potable. La única concreta fue la de trabajar en una pizzería de Lanús, ya que el dueño era conocido de una amiga y pegamos onda charlando de fútbol. No se dio porque era de noche y yo quería estudiar. Sabia internamente que si me desenganchaba no pisaba nunca más una facultad.

  En el revoleo mi tía Lili me trajo una revista que me dejó flasheado: “El Diariero”. Era una publicación del mundo de los canillitas que tenía buena info, entrevistas con los gremios y una larga lista de escaparates en venta. Cuando leí eso fue un quiebre, me guardé la revista y la revisaba tranqui en casa, más soñando que pensando.

  Había escaparates que se vendían por 100 lucas pesos (calculen que un sueldo promedio en 2007 era de 800 pesos, bueno el mío era más bajo, obvio). Una verdadera locura, pero tenía un sentido: nunca paraban. Son esos puestos que están en Capital y jamás cierran, onda farmacia. Para mi vendían falopa, pero en realidad cada escaparate está regulado y tiene un horario. No apuntaba a tanto.

  Me gustaba uno que tenía unas 12 horas, pero siempre fue un tema levantarse tan temprano. Me imaginaba despertar tarde y correr para entregar tarde los diarios, que Don Pepino del barrio Pinchila me cuestione que cuando se levantó no tenía el Clarín, que en los días que enfermara tendría que tener un reemplazo… Me pareció mucho.

  Mi sueño terminó cuando comencé a estudiar periodismo y el buffet encajaba bastante bien en el diagrama semanal de mi vida. No había que cambiar nada. Seguía enamorado del oficio de canillita pero me alcanzaba con pasar a comprar el diario y saludar a Jorge, el diariero de mi barrio. Con el tiempo descubrí que era hincha de San Lorenzo y que pensaba como yo en un montón de cosas.

  Paraba a la mañana y me quedaba charlando unos minutos. Cuando no laburaba fijo y tenía el día libre me podía quedar una hora charlando con él. Era un hombre mayor, la tenía clara en un montón de cosas y odiaba a Clarín como todo canillita que se vio perjudicado por el monopolio. Tenía un Dodge 1500 naranja que portaba algunos magullones, algunas veces nombraba a la mujer, pero no recuerdo su nombre, vivía en Capital y se venía a Lanús.

  Era un hombre bueno. Simple. Un día casi nos ponemos a llorar juntos. Se había muerto una persona muy importante y los dos estábamos tocados. Recuerdo ese momento con nitidez, fue cuando sellamos la amistad y nos dimos la mano para siempre. Hace unos años dejó el puesto. Ojalá esté disfrutando de la vida.

  Hace poco pasé por la esquina de su escaparate. Ya no estaba la estructura. Ese puesto desapareció. Así como está desapareciendo el periodismo serio también lo hacen los escaparates. El noble oficio de canillita está en extinción. No es solo un trabajo, es todo lo que se despliega de estar en la calle, ser un poco el termómetro del pueblo, ofrecer una sonrisa con información y decir a los que no quieren ser amables qué les parece el clima.

Así como se muere el periodismo que conocemos se muere también quienes distribuían ese material. Hoy todo se pasa por link y somos nuestros propios canillitas. El juego está abierto señores y señoras, hay campo libre para desbordar.


jueves, 28 de marzo de 2024

LOS FANTASMAS

 Cuando te despertás están ahí, esperando para comenzar el día. Saben de todos tus fallos, de lo que huele lo que te duele, de tus escapes y tus frenadas. Te acompañan a tu vida fuera de la casa. Entrenás con ellos, trabajas con ellos, los evitás pero no tiene problemas, vuelven con vos. Cuando por un rato los olvidas se encargan de estar presentes. El alcohol es su cómplice y la noche los pone violentos. Te arropan y esperan que te duermas, mientras vos solo querés desmayar y que ya no estén más. Historias de quienes podrían ser nosotros, pero son ellos.

  Los fantasmas no tienen nombres propios, no representan personas, son escenas de vidas pasadas, oscuras imágenes enterradas en la memoria. Quizás algunas veces toman formas, caras conocidas, ojos de muerte y resurrección, olores de una tarde de primavera que era luz y terminó en fuego. Todos y todas tenemos fantasmas que atender. Son entelequias preparadas para aparecer en los momentos precisos, para no dejar dormir. A veces son situaciones y a veces son puras invenciones de nuestra mente, que labura hasta cuando dormimos. Si alguien te dice que no tiene fantasmas no le creas, solo no les pone ese nombre.

  Hace unos días vimos llorar al exatacante de la selección de Italia Daniel Osvaldo en un video que grabó para sus redes. Sorprende en una persona adulta de casi 40 años que básicamente está pidiendo ayuda a su problemática que consiste en drogas y rock and roll. A partir de ahí vino un análisis boludo de por qué Dani llegó a eso, si es karma y si es real o fingido (su novia, Daniela Ballester, lo había dejado por una infidelidad, aparentemente).

  Creo lo siguiente sobre el asunto: la ruptura con su novia no es el motivo principal, Dani ha pasado por mil relaciones. El auxilio lo pide por él. Está luchando contra sus fantasmas, los que lo acompañaron toda la vida, los que están ahí cuando la mina lo dejó. Ella era una red, una cazafantasmas, una verdadera ayuda. Él no lo pudo evitar y perdió a la persona que lo contenía. No dio más y escupió sus verdades en Instagram. “Mis actitudes vienen desde un lugar de mí que no puedo controlar”, lanzó Dani Stone.



     Dani vivió su vida llena de flashes. Desde que arrancó con el fútbol hasta su banda de rock, pasando por su vida privada. Los medios se le metieron en su casa muchísimas veces. “Me sentía un sapo de otro pozo en el fútbol, ¿qué precio tiene tu sufrimiento?”, contó en una entrevista a Infobae cuando le preguntaban por el ambiente. Sus fantasmas creyó ahuyentar con el primer disco de su banda de rock, Barrio Viejo. Con el titulo lo dejó en claro: “Liberación”.

 Pero Dani no puede dejar esa vida de barri que lo engaña y lo seduce. Cuando parece que está bien, va y se le llena la cabeza de fantasmas. Trata de domarlos, se lava la cara y continua, pero por el momento no lo logra. La joda y la noche lo ponen a bailar el criminal mambo que no hace más que joderlo. No tiene rutina. Los medios no ayudan. Así titula una entrevista La Nación:

“El Johnny Depp del fútbol”. Ascenso y caída de Daniel Osvaldo, el goleador por el que pagaron millones pero eligió vivir como estrella de rock

  ¿Cuál es el problema que haya elegido una vida de estrella de rock? No le robó a nadie, la vive con su plata y con sus fantasmas a su lado. Pero pareciera que está destinado a otra cosa, que nunca va a madurar. “Yo soy de Lanús, de Monte Chingolo, a mi me gusta comer asado en el barrio, en esas cosas soy simple”, explica él. Pero los designios se volvieron fantasmas en su cabeza. Y ahí va el Dani, entre el deber y el hacer, combatiendo sus males y haciendo mil cagadas. Auténtico.

  Otro caso parecido es el Gato Gaudio. Cuando estaba bien te limpiaba de cualquier torneo. Tenía el mejor revés del circuito, o casi. La final a Coria en Roland Garros se la ganó de guapo, porque el Mago se cagó y él creció. Vio el momento exacto donde la gente celebraba la ola como un punto de liberación y jugó suelto. Su cabeza se destrabó y generó el miedo en el otro jugador (que dicen que también estaba repleto de fantasmas). Grabó en el tenis argentino un recuerdo de oro.

  Pero… los fantasmas. El día que estaba mal, que su juego no salía, que sus mejores tiros no tenían contundencia, era una piltrafa. No domó jamás sus espectros, los que hacían que no disfrute nada de lo que pasaba en la cancha. “Que mal la estoy pasando” fue su frase épica en un partido mientras se agarraba la cabeza en cuclillas. Todo un estado de ánimo.

https://www.youtube.com/watch?v=_vmwk4tS3bU&ab_channel=RickyLegui

  “Fui al psiquiatra con toda la música, completito”, contó en una entrevista con Matías Martin. El Gato estuvo en tratamiento mucho tiempo y recuperó la sonrisa. ¿Se habrán ido sus fantasmas? Los que no lo dejaban jugar, los que aparecían cuando la red no dejaba pasar una bola, los que solo estaban en su cabeza. Los que le dieron forma a su personaje, eso también.   

  El Turco García es otro que tiene una gran lucha contra sus fantasmas. La muerte de su papá en el 2000, su adicción a la cocaína, sus años de noche, sus arranques, las infidelidades… Todo eso en una mochila y a la espalda. No le quedó otra. Todas las mañanas tiene que levantarse e ir a laburar.

  En su peor época me lo crucé a la salida de un Racing-River. Estaba parado al lado de una parrilla, en la calle. Con un amigo le pedimos que nos firme la entrada  del partido y yo me animé a preguntarle cómo estaba. Respondió un corto “bien, todo bien” que no convenció a nadie y se quedó mirando los choris.

  Un tiempo atrás había ido a buscar a Diego a Mar de Fondo, el programa de la medianoche de TyC Sports. Afónico y bastante atrevido, le mangueaba laburo al 10. Con todos los fantasmas en la mochila pedía salir de ahí, seguir viviendo, tener la posibilidad, la oportunidad. Los fantasmas deben seguir ahí, pero ya los domó. Me da mucho orgullo que cuente que la chance se la brindó Racing.

  El caso más emblemático de la lucha (y derrota constante) contra los fantasmas es el de Ricardo Centurión. Otro que está invadido por los flashes y los problemas extradeportivos. Vive de recaída en recaída y no parece entender que no es el camino para sus últimos años de profesional. Pero cada vez que lo veo volver a los entrenamientos, a ir a un banco de suplentes, a correr con la pechera, a jugar unos minutos, me parece que le está dando batalla a esos espectros que trae desde su infancia.



  Hago una pausa para aclarar que banco a morir a Ricardo. De joda, con sed, con la de Racing, con la de San Pablo, con la de Boca, con la de Vélez, siempre lo voy a querer bien. Es termo, equivoca los caminos, toma muy malas decisiones, pero siempre está dispuesto a ser primera línea contra sus propios fantasmas, sus culpas y rencores, sus dolores y sus recuerdos chotos. Arriba Richard, queda un rato largo para terminar la pelea.

  No se vayan, viene el cierre.

  Usé deportistas (y la lista la tuve que acortar) para no quemar amigos, amigas, familiares y algunos conocidos y conocidas, historias que conozco, vecinos que queman grasa en la esquina de tu casa y compañerxs de trabajo. Pero que hay historias lo puedo firmar.

  Hay mucha gente luchando contra sus problemas, contra miedos y creaciones mentales. Muchxs cruzan la línea entre lo normal y la paranoiqueada. La salud mental está muy descreída en este país. Acá hablamos con liviandad de fantasmas pero no es joda.

  No dejes de pensar nunca que el que está a tu lado está luchando contra sus fantasmas, contra eso que le molesta, que le duele, que lo pincha en sus mejores momentos, que lo desinfla, que lo deja desnudo ante el dolor. Hay quienes los pueden domar, otros que se rinden antes de pelear y quienes aprenden a convivir, sabiendo que caerán derrotados y vencerán en proporciones parecidas. Pero nadie puede escaparse, porque aunque no los veas están. Y los vas a sentir. 


https://www.youtube.com/watch?v=2oK0QEcloIo&ab_channel=BarrioViejo


viernes, 5 de enero de 2024

NI EL PERIODISMO NI LA POLICIA.

 ¿Cuál será mi lugar en el periodismo? Una pregunta sin respuesta, en constante cambio, sin luz al final del túnel. ¿Y si el periodismo soy yo? Las ganas de sobrepasar este quilombo que mezcla profesión, estudios y todo lo que te hace ser un hombre del futuro. Pequeños pensamientos de un boludito de la luna, porque mi vieja crió un idiota de corazón lunático y mi viejo me dijo que por Racing de la vida, que lo siga, que lo siga.

  Un día me anoté en medicina. Bah, en ese picadero que es el cbc de la UBA. Stop. Una aclaración: amo la universidad pública, pero detesto la élite estúpida que cree que puede machacar a los y las alumnxs en base de ser mejores todos los días. D’Angelo debe estar leyendo esto con cara de culo. Perdón ingeniero, pasan los años y sigo pensando que no fue necesario.

  Sigo. Me anoté esperanzado. El Doctor Cavalli, o algo así. Mi abuela me quería coser la chaqueta cuando me recibiera, cosita… lo pienso y me da gracia con finas notas de vergüenza. Dicho de frente manteca, en el cbc me enseñaron hasta donde te podés sentir un boludo y me dejaron desnudo para siempre. Ojo, puse lo mejor de mi para que eso sea así. Nunca me ubiqué en la cancha y en mi mejor momento me fui atrás de una piba. O esa fue la excusa para escapar del choque final.

  Cuando ya estaba en el tercer año, un desastre estrepitoso, se murió mi viejo. Ahí decidí empezar a decidir por mi mismo. Me entregué a Racing, a los amigos y amigas, algún romance de invierno y a trabajar. El cbc quedó atrás, previo haber gastado algunas balas de salva cuando debería haber tirado con plomo. Atrás dejé malos tratos de los profesores, excesos de contenido solo para que la choques y cuestiones administrativas que eran un laberinto. Salí por arriba.

  Con la insistencia directa de mi tía Liliana y la insistencia tacita de mi abuela, me anoté para periodismo en Sociales de Lomas. Lili me averiguó fechas, me consiguió el material y hasta me acompañó a anotarme. Un poco por copada y otro poco porque no quería que me escapara de la situación. Di el examen de ingreso y cuando me mandaron la carta avisando que había ingresado se la regalé a mi abuela. Para mi la historia terminaba ahí.

  La vieja se ilusionaba conmigo. Que se yo, mambos de abuela. No la veía, como dicen ahora los boludos. Y yo no quería que pensara que iba a hacer algo con mi vida. Si pasaba pasaba, pero no quería que espere al pedo. Por eso creo que tantas veces traté de que entienda que era el nieto díscolo, aunque tenga competencia. Igual le mandaba. Andá a saber que mundos dentro del periodismo imaginó que iba a caminar este hincha de Racing.

  Tardé bastante en arrancar pero después de un par de tropezones, algunas locuras y una buena piña, la máquina comenzó a andar. Mi mejor momento de la facultad, la cabeza abierta, todo puesto en pos del crecimiento académico y con muchas ganas. Las notas acompañaban y me puse algunas reglas que tenían un mandamiento único sobresaliente: no recursarás. Obvio que no lo cumplí, pero era la idea que perseguía.

  Una pequeña anécdota y cierro el envío. Después de la piña, en el siguiente cuatrimestre, cursé solamente historia II. Linda materia, mucho para leer, buenos profesores, temas copados. Pero llegaba a casa y me pinchaba. Como vivía solo o me dormía o agarraba para hacer cualquier cosa, desde perder el tiempo o entretenerme con cosas sin solución. Volver del  laburo era un problema. No me funcionaba estudiar a full una semana antes.

  Reconocí el error y actué. Salía de trabajar en el buffet de Agrarias y me iba al de Sociales. Pedía un café con leche y me sentaba a leer (solo le hago algunas marcas al texto). Le metía un poco más de dos horas, cerraba todo y me volvía a casa. Al llegar, me bañaba, calentaba algo para comer y me iba al sobre. Al otro día repetía la función. Así me recuperé y conseguí el hábito.

  Retomo. El envión duró unos años y ese momento me hizo pensar en el periodismo como una cosa seria. Escribí bastante, trabajaba de forma pedagógica en la agencia de la facultad y me quise meter por todos los agujeros posibles. Hasta que una combinación de malas decisiones, señales que no agarré, desencuentros laborales y el puntazo final hicieron que se me baje la libido periodística.

  Los forros ganaron lugar y hoy te la venden como aggiornarse o como lo que hay que hacer para sobrevivir. Para mi son unxs egoístas que lamentablemente buscaron siempre su propósito y nunca quisieron hacer algo colectivo. Lamento profundamente que mi camada en la agencia haya sido tan ombliguista. A una parte la quiero lejos, a otra le deseo lo mejor y a unxs pocos los valoro a pesar de que todo sea igual en el tramo final. ¿Lastima? A Nadie, Maestro

  El periodismo que yo quería hacer no existe más, el nuevo está lleno de forrxs que buscan clicks y el que viene no me tiene en cuenta desde el vamos. Así como nunca quise ser policía, ahora no quiero ser esto que llaman periodista. Los extremos se tocan. En el fondo lo único que quiero es ver a Racing campeón, la vuelta en Avellaneda.

viernes, 24 de noviembre de 2023

CINCO ESQUINAS

  No es una esquina, son cinco. Parece que se están enfrentando. Rompen con la lógica de las cuatro puntas de las bocacalles, rompen con la normalidad del tránsito de cualquier paisaje. Son las cinco esquinas para todos los del barrio. No tienen la clásica distribución simétrica y eso las hace especiales desde el vamos.

  Un enorme escudo de Lanús que dice “Los pibes del Oeste” es una de las caras de estas esquinas, como carta de presentación. “No se cómo explicarlo porque sentirlo es mejor, la barra XIV”, también aclara uno de los laterales. Al otro lo acompaña la frase “En el sur somos todos de Lanús” con la firma del Diego, que no es de nadie y es de todos.

  Otra de las caras tiene su cara, con una pequeña barba y los colores nacionales. Los ojos y la boca sobre el blanco, el pelo y la pera sobre el celeste. Algunos pasan y lo tocan, lo saludan como un ritual, como uno que no está, pero estará siempre.

   Sobre el lateral de la cara de Maradona está el espacio que en épocas electorales se utiliza para poner el nombre del candidato y el cargo que quiere ocupar. Justo en diagonal acompaña un palo de luz con la cara de dos candidatos opuestos. La política, siempre local, intercede en el paisaje. Un camión blanco con la caja celeste se acuesta sobre la calle tapando el nombre del candidato.

  En otra esquina hay un viejo quisco que ya no está operativo. Tiene un pequeño techito de esos que se abren las hojas con una manivela, algo gastado, con un poco de oxido. Arriba tiene un balcón extraño con una ventana pegada. A modo de ofrenda tiene unas flores en una botella cortada, sobre una ventana blanca cerrada. Es una imagen de otra época, sin dudar.

  A la vuelta del viejo quiosco está la carnicería del barrio. De ahí salen personas derrotadas por los precios pero con sus bolsas de comprar. Una señora se sube a la bici y trata de atar su bolsita roja al manubrio. No lo consigue y se anima a pedalear con la mano derecha sosteniendo la gloriosa y salada carne, mientras la izquierda agarra fuerte el manubrio.

  En la tercera esquina, por ponerle un número a las ochavas, un portón negro con algunas manchas amarillas irrumpe la pared donde antes (en clara evidencia) se lucía la frase “Mi felicidad es poder contemplarte”. Se ve que el vecino prestó la pared y después pegó un autito. Las calles del Conurbano no están para dejar dormir un coche afuera, entonces el portón le ganó a la frase, aunque dejaron sus puntas y con conocimientos de la banda Nahual se puede entender lo que dice.

  El pasto está largo y las baldosas faltan como en varias calles de la ciudad de Lanús. Sobre un palo de luz se indica que hay una loma de burro sobre esa esquina para los que vienen desde la Avenida San Martín, pero ahora le llaman “reducidores de velocidad”, son de color negro y amarillo, de un plástico que en no mucho tiempo se resquebrajará con el sol del verano y el paso de camiones y autos.

  En la esquina que falta mencionar hay una casa pintada de verde, un aire acondicionado rompe la estructura, se sale de la pared de golpe, tiene impericia y energía la forma en la que vive. Sobre la vereda hay un Volkswagen Polo color vinotinto que su dueño trata de arreglar para que vuelva a arrancar. En eso da un paso atrás y pisa al perro, que da un quejido y sale disparado al cordón. No es tonto, no baja a la calle. El muchacho le dice que ese no es lugar para ubicarse y lanza un improperio. El perro lo mira pero no le ladra nada.

   En las cinco esquinas hay árboles secos que esperan la primavera, un caniche pasa corriendo sin rumbo, una camioneta transita con un megáfono colgado de un palo que alguna vez fue parte de una estructura. Un cartel dice “Internet full sat 6009-7100” y no podría definirse si es el futuro o el pasado. Una casa posa con el cartel de venta de la inmobiliaria Brandolino. Un perro corre la camioneta gris de su dueño que viene del trabajo a dejar al pibe que labura con él. A lo lejos se ve una casa rodante que duerme en la calle sin sus ruedas. Muchos palos de luz, muchos cables que se cruzan entre si.

Postales de un barrio que tiene cinco esquinas.

viernes, 20 de octubre de 2023

ENCENDEDOR ROJO

 Un amigo que fue policía un día me trajo un encendedor rojo. Cubrió un partido del ascenso y me lo obsequió. Él lo tomó prestado del piso, después de que otro agente se lo retirara prudencialmente y de buena manera, de mutuo acuerdo, a un hincha de Chicago que se quedó sin lumbre para encender su cigarro de tabaco.

  La cosa es que el rojo es un color que no me gusta para nada. Cuestiones futbolísticas, obviamente no es algo contra el color. Es una cosa que se lleva en la piel. ¿Mi sangre? Colorada, de rojo no tengo casi nada. Es una ley no regalarme nada con ese color ni intentar que me ponga algo que lo contenga.

  Hay una remera manga larga que era de mi viejo bastante buena que me pareció prudente no termear y retenerla.   A los veinte me puse una cintita que me duró tres años, para cortar la envidia. Creo que logró su cometido, lo volvería a hacer. Uno no cree en brujas pero que las hay, las hay. También tengo la camiseta del Arsenal con el número cuatro de Cesc Fabregas, una belleza que no es profesional pero es la mejor imitación del planeta. Son excepciones a la regla, solo eso.

  Y el encendedor podría ser la cuarta excepción. Es de la marca de las tres letras, la de las lapiceras, la buena. Hoy cotizan fuerte, la inflación y la chatarra que viene de otros lares hizo que sean un elemento preciado. Debo decir que, para mi, son los más lindos. No hay con qué darles. De los que podes comprar en el quiosco son los mejores. Los Maradona de los encendedores.

  Como es un regalo de un amigo (lo haya tomado de la forma que lo tomó le da un condimento entre turbio y amoroso) es especial. Entonces lo cuido, lo tengo guardado en un lugar secreto de la casa y casi nunca lo pongo en la cocina, el espacio donde puede ser utilizado para vulgaridades como prender la hornalla o el calefón. Para eso están los fósforos, que son tan palurdos que vienen acompañados de 200 más en una cajita.

  Lo tengo guardado para ocasiones exclusivas, como prender esos churritos paraguayos que ya no pegan pero que me hacen tirar humo. La salvación de caer en el vicio del cigarro otra vez, después de tanto batallar, tanto aguantar. También le da calor del bueno a la pipa que hace años se recarga para volar por los aires, aunque ya no tan seguido. Es el escape a esta realidad, con medio cogollo y el fuego sagrado del encendedor rojo todo puede pasar.

  Es también quien enciende la antorcha de papel de diario para que queme las roscas que están hechas del mismo material, que a su vez encenderán madera para que a su vez enciendan el negro carbón traído de la verdulería de Silvia. El comienzo de algo magnífico: el fuego para asar. ¡Quién pudiera tener tanto protagonismo!

  Sale para esas cosas y vuelve a su lugar, no hay mucha vuelta. Tiene tres zonas para habitar: el espacio secreto, el techito de la parrilla o mi bolsillo. Hay veces que pienso que es un simple encendedor, que de una escapada al quiosco más cercano consigue otro igual. Esas son las horas que bajan, donde el encendedor se pone a morir. Trato de negarlo, pero es así. La inevitable tendencia a quedarse sin gas. Todo es tristeza y decepción. Ríen los fósforos, un desaire sin sentido se arroja sobre mi.

  Está con poco fuego, le cuesta chispear. Ya no es la llama sagaz y encendedora que prendía fuego lo obvio. Lo uso para lo indispensable. Compré uno verde de esos baratines por las dudas, una compra dolorosa. El final del gas se acerca y la lumbre que nos unió se va a terminar. El único calor que quedará es el de mi amor. 

jueves, 14 de septiembre de 2023

YA SUFRIMOS COSAS PEORES QUE ESTAS.

  En una noche nos dimos cuenta que los pibes y pibas de nuestra generación siempre estuvieron en peligro, que los noventas estuvieron cargados de bardos y el exceso de rock no lleva a nada. No hay que ser un estudioso para darse cuenta que la pasión no es sinónimo de tragedia y que siempre se puede estar mejor o peor, dependiendo de cuánto luches por eso.

  Antes de Cromañon no teníamos conciencia. Parece. Visto desde acá, un tiempo irreal, nos causa gracia y hasta fantaseamos con la idea de que vuelva a ver qué pasa. Pero esos días ya no retornarán, hay mucha muerte detrás de ellos, los pibes y pibas que dieron su vida en ese boliche mientras sonaba Callejeros rezan que así no sea, que a los noventas se los lleve el viento y no vuelvan más.

  Hace 15 días en Avellaneda estuvimos a punto de vivir otra tragedia. En el partido entre Racing y Boca fueron muchxs lxs hospitalizados, lxs que cayeron después de una avalancha con la gente entrando, lxs que tuvieron que salir por la reja que da a la ambulancia. Sin lugar a dudas estaba sobrevendida la capacidad del estadio, había más gente que la que podía contener.

  Ojo, el Cilindro es un espacio seguro, con salidas relativamente eficientes y que las podés encontrar fácil. Y tampoco es el único estadio que está explotado en una definición de campeonato. Son varios los que me dicen que en los últimos partidos de River hay mucha gente, que se ven bastantes apretados.

   Esa avalancha de gente me hizo acordar a varios partidos de mi juventud en la tribuna, donde parecía que pasarla mal era estar al filo de la muerte y que si algún día me cansaba de ese ritual estaba la platea donde podría refugiarme como cagón y exiliado, como persona no grata. Porque de pibe se va a la popular, no se entiende de otra manera. Y eso que los partidos con mi viejo eran en la platea D, ahí vi a Racing empatar con Españól en mi primera vez.

  Esa idea estúpida de que estar apretado y en posiciones que no se sostienen todo el partido parece que es la manera de vivir el fútbol si vas a la popular, hoy material de descarte, ya que cada día crecen más las plateas. Donde te corrés un poco los dirigentes te ponen una butaca. En Racing pasa todo el tiempo. ¿Se vienen estadios para ver los partidos sentados? Si es así, pagá. Porque lo que más les interesa es hacer caja, que cada asiento sea un socio poniendo guita. Cada vez más popular, cada movimiento más alejado de la gente.

  Una pequeña anécdota.

  Copa Libertadores 2015, cuartos de final, partido de vuelta. Racing vs Guaraní (Paraguay). Llegamos tarde con mi primo Martín. El estacionamiento de siempre estaba cerrado, había colmado la capacidad. Hacía 18 años que no jugábamos esa instancia. La vez anterior nosotros éramos pibes. Entrar a la cancha fue un caos, en el cacheo de la puerta ocho todo se desmadró y terminé arriba de una mujer policía, pidiéndole disculpas mientras me sonreía.

  Al entrar la cosa fue peor. Era un estadio repleto y llegar a donde queríamos para juntarnos con los nuestros sería muy complicado. Empezamos a buscar cómo trepar. Permiso y gracias, siempre. De esa manera al menos calmás la molestia que generás. Faltaba una hora para que arranque el partido. Subir escalones era una verdadera proeza.

   De golpe empecé a notar que no éramos bienvenidos ni mucho menos. Los murmullos fueron mutando a gritos, los sacudones lógicos se transformaron en verdaderos empujones. No estábamos en condiciones de quedarnos ahí, tampoco podíamos avanzar ni subir a buscar a nuestros amigos.

  “¿A dónde mierda quieren ir?” me gritó uno con cara de desencajado. Miraba al alrededor y veía mucha gente que no le tenía la cara. Hasta que divisé a un señor morocho, de unos 50 años, pelo negro tupido, que siempre paraba debajo de donde lo hacíamos nosotros, apoyando un pie en el fierro de abajo de los paraavalanchas. No nos conocíamos, pero su rostro me trajo la tranquilidad como de quien sabe dónde está.

  Aunque grande fue mi desazón cuando el señor comenzó a empujarme como si fuera un simio desbocado. Creo que me decía “rajá rajá”, pero quizás mi mente juega una mala pasada. Se hizo el guapo mientras los demás lo acompañaban. Después de algunos forcejeos terminé entre una pareja, el pibe me dice “yo saqué entradas para verlo con mi novia y vos caes ahora y me cagás la noche”. A esa altura no tenía ganas de ver el partido y me preocupaba no ver donde había quedado Martín en el revoleo.

  La popular tiene eso de anárquica y descontrolada, pero siempre hubo ciertos manejos que eran de ese mundo. Algunas variantes hicieron que en un punto de los últimos 20 años se volcó mucha gente a ver futbol en la cancha que no vienen de ese palo (una sensación personal: ubico esa fecha a fines del 2009).

Redondeo la anécdota, ya termino, no se vayan.

  Cuando no quedaba otra opción que salir para algún lado antes que el contagio haga que alguno se anime a golpearnos, apareció una mano. Imagino mi cara de tensión y le sumo la de susto cuando esos cinco dedos me agarraron la campera entre el hombre y el cuello y me tiraron para arriba. Mi ángel de la guarda nació en Llavallol, le dicen Ferna y está loco de remate.

  Pero no solo me sacó del bardo sino que al toque ubicó a Martín y lo trajo de nuevo con nosotros. Desde ahí Ferna comandó el ataque hacia los giles de abajo. Entre insultos recuerdo escuchar que soltó un “nosotros venimos siempre”. Eso me despertó y saque pecho. Insulté a los giles, al flaco de la novia le dije un par de cosas y putié en varios idiomas al señor del paraavalancha, pero se hizo el otro. Después de ese día  estuve un año y medio mirándolo para que me diga algo, se ve que era guapo cuando se otros lo alentaban. No lo vi más pero se que algún día nos vamos a encontrar.

 A eso le siguió un flaco que se descompuso cuando terminaba el primer tiempo y al querer salir por la puerta ocho estaba cerrada de afuera con cadenas. Algunos muchachos de La Barra 95 rompieron todo a pura patada y pudo llegar a la ambulancia que lo llevó al Fiorito.

  El otro día a mis amigos y a mi no nos pasó nada de eso, pero vi la posibilidad que pase en otrxs. Han sido muchas las tragedias de las cuales nos tocó aprender. No pudimos reír sin llorar. No la tiremos al lateral. No se puede vivir de la caja con el aporte de los socios y socias.

  Los clubes son de la gente, la calle todavía es de la gente, la vida no está privatizada. Alejemos la tragedia. No seamos termos.

jueves, 17 de agosto de 2023

COMPLETAMENTE EN PELOTAS

   Es menester que salga un buen texto, uno con fuerza, que tenga un sentido y un mensaje. Pero  también es necesario descansar, tomar fuerzas, encontrar un lugar donde el corazón esté tranquilo y ver las cosas de distintos puntos. O podemos llamar a todo eso “tener la mente en blanco”. Producir es difícil, pero con la cabeza baleada se hace imposible. Lo que viene es como un descanso en una escalera. Aprovéchenlo.

  Después de sacarme la muela de juicio no hice otra cosa que descansar. Disfrutar de apoyar la cabeza en la almohada y dejarme llevar por el ritmo del sueño sin pensar que me va a despertar un dolor horrible, como si un obrero de la construcción estuviera dándole con el pico justo en la última muela. El placer de tirarse en una cama y disfrutar, sin nada que hacer más que hacer, abrazar las sabanas, acomodar el acolchado y dale que va.

  Y la cama tiene ese no se qué. Te llama, te atrapa. De pibe me pasaba horas y hacía muchas cosas. Comer, estudiar, ver la tele, leer por placer doblar la ropa, acomodar cosas y, sobretodo, pensar. Estar tirado mirando el techo y pensando era un gran momento, que obviamente se podía disparar a cualquier lado. En el presente duermo de noche y alguna siesta.

  Debo acotar que nos falta una tele en la pieza. Clave. Estoy a nada de utilizar una frase que odio: “te cambia la vida”. Pero la verdad es que cambiarían bastantes cosas y sería de practicidad para ver algo antes de dormir que en realidad no lo ves y te entregás al sueño a los dos minutos, sin ningún pudor.

  Sobre el tema de la cama estuvimos escuchando un experto: Andy Chango. Si, el de “Lucho por supuesto”, el que hizo de Charly en la serie de Fito, el que le ganó a Feimann al tenis, el politóxico y un músico de la hostia, también. Les comparto su columna sobre el tema, con una gran entrevista a Clota, obviamente desde la cama.

https://www.youtube.com/watch?v=mEqhPXRytsQ&t=1410s&ab_channel=FuturockFM

  Otra de las etiquetas de Andy es la de escritor. En realidad le pidieron desde Editorial Planeta que escriba un libro sobre un viaje que se mandó, el cual se llamó “Indianapolis”. Obviamente lo escribió desde la cama, en tres meses. Se adaptaba con la computadora en las piernas y escribía con rapidez para llegar a tiempo con la editorial. Es su forma adaptada al estilo de vida, y lo mejor es que a él le resultó. Llegó a cumplir con el compromiso y no varió su forma de vivir en la cama.

  En cambio para Leila Guerreiro, la que mejor cronica en la Argentina, la cosa es distinta. En una entrevista con Tomás Reboard dijo que necesitaba tiempo y espacio para escribir. Si tiene una reunión por la tarde y está armando algo no concurre porque no sabría cómo resolver la situación si le viene la inspiración. Seguramente serán varios los requisitos que no le pueden faltar a Leila para escribir que no contó. En fin, la número uno se puede dar esos lujos, es de entender.

Ah pero los mortales… ¿qué hacemos para escribir? ¿Cómo lo hacemos? Ni en pedo podemos frenar nuestra vida por la inspiración. Menos que menos estar en la cama tantas horas escribiendo como el puto amo de Andy Chango. Está bien que el factor guita es influyente, pero acá quiero hablar de otra cosa, del sentarse a escribir. Sin plata o con un jugoso sueldo somos personas delante de una hoja o un teclado intentando hacer lo mejor que tenemos. Este texto recibió cero pesos y sin embargo sentí la presión de escribirlo como si del otro lado estuvieran esperando una crónica de Leila.

Pero a decir verdad, hasta hace nada estaba desnudo de ideas, completamente en bolas. La cabeza estaba en blanco, no tenía un plan, una idea, un tema que quisiera desarrollar. Desde que envié el último “Las cosas que hace” que estoy pensando que mierda voy a escribir la próxima. Y no se me venía nada. De hecho, acá estamos.

  Pero no puedo darme los lujos de otros escritores, tengo que trabajar, ser padre de familia, concurrir a eventos sociales (tenga inspiración o no), buscar donde estacionar en Capital durante 40 minutos, podar el árbol, ir a la cancha a ver a Racing arrastrarse, dormir un poco, estar a la cabeza en temas familiares, boludear un poco para despejarme y algunas cositas más.

  Sentarme a escribir es un placer, aunque no tenga tema, esté cansado, mi silla sea incomoda y me atrase con las cosas que hago en la casa. Adopté un disco de Rita Lee donde le pone bossa a los Beatles para los momentos que busco inspirarme (o mejor dicho hilvanar cuatro o cinco párrafos con coherencia conceptual). Rita me ayuda hace muchos años, me da paz, me equilibra. Desde mis informes para La Zurda Mágica, un gran programa de deportes, hasta las grises notificaciones laborales de los últimos días.

https://www.youtube.com/watch?v=XEd2YPl8VFA&t=989s&ab_channel=Chesire

  Mi mejor momento para escribir es la noche. Ahí no molesta nadie, no joden los ruidos de la calle, las personas que pasan corriendo, los bocinazos, el celular sonando con boludeces y otras yerbas. Con te con miel de acompañante, que se recarga cada tanto, puedo imaginar mundos y plasmarlos, aunque internet distrae y no siempre las cosas son tan directas.

Esta semana el tema podría haber sido las candidaturas, el primer partido de mi hijo en la cancha, de algún bardo barrial o de cierto médico que atendía en patas. Pero decidí ser fiel a lo que me pasó por sobre estas cosas: que no tenía ni puta idea de que mierda escribir.

lunes, 10 de julio de 2023

SEPAN DISCULPAR

     Entre el sueño flojo, los dolores que trepan la cabeza y corren por los dientes, salen frases que van y vienen y solo algunas pasan a este texto. Las muelas de juicio son malas consejeras, te vuelven loco poco a poco, hasta que queres arrancarte la cara. Un velorio, un amigo que ya no va a estar entre nosotros, los dolores, dormir mal, la tos de un estado gripal descuidado y trabajar como si todo eso no existiera. Disculpen, solo soy un flaco que quiere abrazar al amigo y que le saquen la muela. Pero me puse a escribir entre el mientras tanto y el nunca más.

  En estos últimos quince días hice lo que pude entre el dolor de muela y un estado gripal que podría pasar a ser neumonía si no me medicaban. Pero eso es nada comparado con la muerte de un amigo. El jueves se fue el Chino, re joven, buen pibe, no llegaba a los 40. Vivía enfrente de nuestra casa, un poco en diagonal. Nos cruzábamos seguido porque dejaba el auto en la puerta bajo la sombra de nuestro árbol.  No hay forma de entenderlo, es muy difícil pensar en lo que pasó sin flaquear, sin moquear, sin querer gritarle a Dios.

  No tengo mucho para escribir, este ñewletter lo armé desde la responsabilidad de enviar algo para que ustedes lo lean. No puedo hacer algo de calidad, mi cuerpo fatigado entre dolores y mi alma rota no me dejan explayarme. Quizás este miércoles, si Dios y Sandra la dentista quieren, la maldita muela de juicio, la última de las cuatro, se vaya, salga de mi. Eso aflojaría las molestias que por momentos son terribles dolores, un sufrimiento que llega a ser insostenible, a tomar oído y parte de la cabeza. Las noches volverán a ser noches para dormir, las pastillas abandonarán los bolsillos, el pánico finalizará.

  Pero lo del Chino es otra cosa. No se extirpa con una pinza, no hay pastas ni anestesia que lo borre, no hay mañana para nuestra amistad. Siempre fuimos vecinos y cuando surfeábamos los 15 empezamos a cruzarnos con amigos en común. De más grandes nos volvimos a juntar para pensar una unidad básica que esté al servicio del barrio. ¿Qué pasó en el medio? Una patada que nos distanció un tiempo.

  Cosas de pibes, pero no puedo no hacerme cargo: fui un boludo. Estaba caliente por un mezclado que al toque se desvirtuó con un mal armado y a los 20 minutos era un baile con goleada y alguno que se puso a gozarnos. Mi equipo era un corso y a mi el enojo de la jugada que nos perjudicó no me dejaba ver. Estaba muy caliente con el que había organizado todo y pensaba de qué manera darle su merecido. Pero en vez de elegir el momento y aplicarlo finamente, decidí pegarle al primero que se me cruzara. Ahí ingresa el Chino en la historia.

  Levanté bastante la pata y sin mirar al que gambetaba a un compañero traté de darle lo más arriba que pude. La plancha impactó contra la cadera de él y el golpe continuó hasta tirarlo. Todos se quedaron callados y la persona que había generado este partido desvirtuado y estaba en goce fue el primero en hacer alharaca. En ese mismo instante me sentí un boludo, pegué una patada sin sentido, completamente fuera de contexto, híper violenta y sin ningún tipo de contemplación. Elegí a un pibe bárbaro para golpearlo arteramente y sin motivo.

  El Chino se levantó como pudo, agarró la pelota y la pateó contra mi, rebotó en un banco y le volvió. Lo intentó de nuevo y falló. Agarró sus cosas y se fue. Mi argumento siempre fue el mismo: estaba caliente y me la agarré con el primero que se me cruzó para no agarrármela con quien me quería agarrar. ¿Por qué? Porque ese que se la merecía era muy amigo mío, no entendía la boludez que había hecho de armar los equipos tan a su favor.

  Volvimos al barrio, el Chino iba como una cuadra adelante, recuerdo que llegó primero y dio un portazo. O algo así, lo que más recuerdo es el portazo, el ruido, como sonó, con cuánta razón. A los meses el fútbol nos volvió a cruzar. Jugamos juntos y nos conectamos varias veces. No hablamos entre nosotros. Unas semanas después nos tocó jugar en contra. Por miedo a una represalia me acerqué y le pedí disculpas. Doblemente cagón.  

  Pero él era un tipazo, me aceptó las disculpas al toque, jugamos en contra y todo bien. Volvimos a saludarnos, a hablar, a cruzarnos más seguido por la cuadra, a reírnos. Hasta pensamos juntos en un montón de ideas para la única unidad básica que tuvo el Barrio Pompeo, que pasados los años cada día la recuerdo con más cariño, aunque fue difícil en su momento.

 Muchas cosas juntos, charlas y sobre todo risas. Era un pibe que se reía mucho. Así lo quiero recordar: sonriendo y aceptando mis disculpas. Eso lo hace más grande, más humano, más pibe de barrio. “Con su ropa de plomero olor a leyenda va a tener”, canta el Indio en “Adieu! Bye Bye! Aufwiedersehen!” de El Tesoro de Los Inocentes. Le queda pintada esa frase.

  Disculpen a este pobre escritor que llega al final del texto arruinado, sin la muela, con dos puntos y varias pastis para que la cara no se le haga un globo. No quería fallarles con la entrega ni quería fallarle al Chino. Estas líneas son para él, que desde alguna estrella espero que se esté riendo. En cuanto pueda voy a brindar por vos amigo, con la lata señalando el cielo y los dedos en V.