viernes, 5 de enero de 2024

NI EL PERIODISMO NI LA POLICIA.

 ¿Cuál será mi lugar en el periodismo? Una pregunta sin respuesta, en constante cambio, sin luz al final del túnel. ¿Y si el periodismo soy yo? Las ganas de sobrepasar este quilombo que mezcla profesión, estudios y todo lo que te hace ser un hombre del futuro. Pequeños pensamientos de un boludito de la luna, porque mi vieja crió un idiota de corazón lunático y mi viejo me dijo que por Racing de la vida, que lo siga, que lo siga.

  Un día me anoté en medicina. Bah, en ese picadero que es el cbc de la UBA. Stop. Una aclaración: amo la universidad pública, pero detesto la élite estúpida que cree que puede machacar a los y las alumnxs en base de ser mejores todos los días. D’Angelo debe estar leyendo esto con cara de culo. Perdón ingeniero, pasan los años y sigo pensando que no fue necesario.

  Sigo. Me anoté esperanzado. El Doctor Cavalli, o algo así. Mi abuela me quería coser la chaqueta cuando me recibiera, cosita… lo pienso y me da gracia con finas notas de vergüenza. Dicho de frente manteca, en el cbc me enseñaron hasta donde te podés sentir un boludo y me dejaron desnudo para siempre. Ojo, puse lo mejor de mi para que eso sea así. Nunca me ubiqué en la cancha y en mi mejor momento me fui atrás de una piba. O esa fue la excusa para escapar del choque final.

  Cuando ya estaba en el tercer año, un desastre estrepitoso, se murió mi viejo. Ahí decidí empezar a decidir por mi mismo. Me entregué a Racing, a los amigos y amigas, algún romance de invierno y a trabajar. El cbc quedó atrás, previo haber gastado algunas balas de salva cuando debería haber tirado con plomo. Atrás dejé malos tratos de los profesores, excesos de contenido solo para que la choques y cuestiones administrativas que eran un laberinto. Salí por arriba.

  Con la insistencia directa de mi tía Liliana y la insistencia tacita de mi abuela, me anoté para periodismo en Sociales de Lomas. Lili me averiguó fechas, me consiguió el material y hasta me acompañó a anotarme. Un poco por copada y otro poco porque no quería que me escapara de la situación. Di el examen de ingreso y cuando me mandaron la carta avisando que había ingresado se la regalé a mi abuela. Para mi la historia terminaba ahí.

  La vieja se ilusionaba conmigo. Que se yo, mambos de abuela. No la veía, como dicen ahora los boludos. Y yo no quería que pensara que iba a hacer algo con mi vida. Si pasaba pasaba, pero no quería que espere al pedo. Por eso creo que tantas veces traté de que entienda que era el nieto díscolo, aunque tenga competencia. Igual le mandaba. Andá a saber que mundos dentro del periodismo imaginó que iba a caminar este hincha de Racing.

  Tardé bastante en arrancar pero después de un par de tropezones, algunas locuras y una buena piña, la máquina comenzó a andar. Mi mejor momento de la facultad, la cabeza abierta, todo puesto en pos del crecimiento académico y con muchas ganas. Las notas acompañaban y me puse algunas reglas que tenían un mandamiento único sobresaliente: no recursarás. Obvio que no lo cumplí, pero era la idea que perseguía.

  Una pequeña anécdota y cierro el envío. Después de la piña, en el siguiente cuatrimestre, cursé solamente historia II. Linda materia, mucho para leer, buenos profesores, temas copados. Pero llegaba a casa y me pinchaba. Como vivía solo o me dormía o agarraba para hacer cualquier cosa, desde perder el tiempo o entretenerme con cosas sin solución. Volver del  laburo era un problema. No me funcionaba estudiar a full una semana antes.

  Reconocí el error y actué. Salía de trabajar en el buffet de Agrarias y me iba al de Sociales. Pedía un café con leche y me sentaba a leer (solo le hago algunas marcas al texto). Le metía un poco más de dos horas, cerraba todo y me volvía a casa. Al llegar, me bañaba, calentaba algo para comer y me iba al sobre. Al otro día repetía la función. Así me recuperé y conseguí el hábito.

  Retomo. El envión duró unos años y ese momento me hizo pensar en el periodismo como una cosa seria. Escribí bastante, trabajaba de forma pedagógica en la agencia de la facultad y me quise meter por todos los agujeros posibles. Hasta que una combinación de malas decisiones, señales que no agarré, desencuentros laborales y el puntazo final hicieron que se me baje la libido periodística.

  Los forros ganaron lugar y hoy te la venden como aggiornarse o como lo que hay que hacer para sobrevivir. Para mi son unxs egoístas que lamentablemente buscaron siempre su propósito y nunca quisieron hacer algo colectivo. Lamento profundamente que mi camada en la agencia haya sido tan ombliguista. A una parte la quiero lejos, a otra le deseo lo mejor y a unxs pocos los valoro a pesar de que todo sea igual en el tramo final. ¿Lastima? A Nadie, Maestro

  El periodismo que yo quería hacer no existe más, el nuevo está lleno de forrxs que buscan clicks y el que viene no me tiene en cuenta desde el vamos. Así como nunca quise ser policía, ahora no quiero ser esto que llaman periodista. Los extremos se tocan. En el fondo lo único que quiero es ver a Racing campeón, la vuelta en Avellaneda.

viernes, 24 de noviembre de 2023

CINCO ESQUINAS

  No es una esquina, son cinco. Parece que se están enfrentando. Rompen con la lógica de las cuatro puntas de las bocacalles, rompen con la normalidad del tránsito de cualquier paisaje. Son las cinco esquinas para todos los del barrio. No tienen la clásica distribución simétrica y eso las hace especiales desde el vamos.

  Un enorme escudo de Lanús que dice “Los pibes del Oeste” es una de las caras de estas esquinas, como carta de presentación. “No se cómo explicarlo porque sentirlo es mejor, la barra XIV”, también aclara uno de los laterales. Al otro lo acompaña la frase “En el sur somos todos de Lanús” con la firma del Diego, que no es de nadie y es de todos.

  Otra de las caras tiene su cara, con una pequeña barba y los colores nacionales. Los ojos y la boca sobre el blanco, el pelo y la pera sobre el celeste. Algunos pasan y lo tocan, lo saludan como un ritual, como uno que no está, pero estará siempre.

   Sobre el lateral de la cara de Maradona está el espacio que en épocas electorales se utiliza para poner el nombre del candidato y el cargo que quiere ocupar. Justo en diagonal acompaña un palo de luz con la cara de dos candidatos opuestos. La política, siempre local, intercede en el paisaje. Un camión blanco con la caja celeste se acuesta sobre la calle tapando el nombre del candidato.

  En otra esquina hay un viejo quisco que ya no está operativo. Tiene un pequeño techito de esos que se abren las hojas con una manivela, algo gastado, con un poco de oxido. Arriba tiene un balcón extraño con una ventana pegada. A modo de ofrenda tiene unas flores en una botella cortada, sobre una ventana blanca cerrada. Es una imagen de otra época, sin dudar.

  A la vuelta del viejo quiosco está la carnicería del barrio. De ahí salen personas derrotadas por los precios pero con sus bolsas de comprar. Una señora se sube a la bici y trata de atar su bolsita roja al manubrio. No lo consigue y se anima a pedalear con la mano derecha sosteniendo la gloriosa y salada carne, mientras la izquierda agarra fuerte el manubrio.

  En la tercera esquina, por ponerle un número a las ochavas, un portón negro con algunas manchas amarillas irrumpe la pared donde antes (en clara evidencia) se lucía la frase “Mi felicidad es poder contemplarte”. Se ve que el vecino prestó la pared y después pegó un autito. Las calles del Conurbano no están para dejar dormir un coche afuera, entonces el portón le ganó a la frase, aunque dejaron sus puntas y con conocimientos de la banda Nahual se puede entender lo que dice.

  El pasto está largo y las baldosas faltan como en varias calles de la ciudad de Lanús. Sobre un palo de luz se indica que hay una loma de burro sobre esa esquina para los que vienen desde la Avenida San Martín, pero ahora le llaman “reducidores de velocidad”, son de color negro y amarillo, de un plástico que en no mucho tiempo se resquebrajará con el sol del verano y el paso de camiones y autos.

  En la esquina que falta mencionar hay una casa pintada de verde, un aire acondicionado rompe la estructura, se sale de la pared de golpe, tiene impericia y energía la forma en la que vive. Sobre la vereda hay un Volkswagen Polo color vinotinto que su dueño trata de arreglar para que vuelva a arrancar. En eso da un paso atrás y pisa al perro, que da un quejido y sale disparado al cordón. No es tonto, no baja a la calle. El muchacho le dice que ese no es lugar para ubicarse y lanza un improperio. El perro lo mira pero no le ladra nada.

   En las cinco esquinas hay árboles secos que esperan la primavera, un caniche pasa corriendo sin rumbo, una camioneta transita con un megáfono colgado de un palo que alguna vez fue parte de una estructura. Un cartel dice “Internet full sat 6009-7100” y no podría definirse si es el futuro o el pasado. Una casa posa con el cartel de venta de la inmobiliaria Brandolino. Un perro corre la camioneta gris de su dueño que viene del trabajo a dejar al pibe que labura con él. A lo lejos se ve una casa rodante que duerme en la calle sin sus ruedas. Muchos palos de luz, muchos cables que se cruzan entre si.

Postales de un barrio que tiene cinco esquinas.

viernes, 20 de octubre de 2023

ENCENDEDOR ROJO

 Un amigo que fue policía un día me trajo un encendedor rojo. Cubrió un partido del ascenso y me lo obsequió. Él lo tomó prestado del piso, después de que otro agente se lo retirara prudencialmente y de buena manera, de mutuo acuerdo, a un hincha de Chicago que se quedó sin lumbre para encender su cigarro de tabaco.

  La cosa es que el rojo es un color que no me gusta para nada. Cuestiones futbolísticas, obviamente no es algo contra el color. Es una cosa que se lleva en la piel. ¿Mi sangre? Colorada, de rojo no tengo casi nada. Es una ley no regalarme nada con ese color ni intentar que me ponga algo que lo contenga.

  Hay una remera manga larga que era de mi viejo bastante buena que me pareció prudente no termear y retenerla.   A los veinte me puse una cintita que me duró tres años, para cortar la envidia. Creo que logró su cometido, lo volvería a hacer. Uno no cree en brujas pero que las hay, las hay. También tengo la camiseta del Arsenal con el número cuatro de Cesc Fabregas, una belleza que no es profesional pero es la mejor imitación del planeta. Son excepciones a la regla, solo eso.

  Y el encendedor podría ser la cuarta excepción. Es de la marca de las tres letras, la de las lapiceras, la buena. Hoy cotizan fuerte, la inflación y la chatarra que viene de otros lares hizo que sean un elemento preciado. Debo decir que, para mi, son los más lindos. No hay con qué darles. De los que podes comprar en el quiosco son los mejores. Los Maradona de los encendedores.

  Como es un regalo de un amigo (lo haya tomado de la forma que lo tomó le da un condimento entre turbio y amoroso) es especial. Entonces lo cuido, lo tengo guardado en un lugar secreto de la casa y casi nunca lo pongo en la cocina, el espacio donde puede ser utilizado para vulgaridades como prender la hornalla o el calefón. Para eso están los fósforos, que son tan palurdos que vienen acompañados de 200 más en una cajita.

  Lo tengo guardado para ocasiones exclusivas, como prender esos churritos paraguayos que ya no pegan pero que me hacen tirar humo. La salvación de caer en el vicio del cigarro otra vez, después de tanto batallar, tanto aguantar. También le da calor del bueno a la pipa que hace años se recarga para volar por los aires, aunque ya no tan seguido. Es el escape a esta realidad, con medio cogollo y el fuego sagrado del encendedor rojo todo puede pasar.

  Es también quien enciende la antorcha de papel de diario para que queme las roscas que están hechas del mismo material, que a su vez encenderán madera para que a su vez enciendan el negro carbón traído de la verdulería de Silvia. El comienzo de algo magnífico: el fuego para asar. ¡Quién pudiera tener tanto protagonismo!

  Sale para esas cosas y vuelve a su lugar, no hay mucha vuelta. Tiene tres zonas para habitar: el espacio secreto, el techito de la parrilla o mi bolsillo. Hay veces que pienso que es un simple encendedor, que de una escapada al quiosco más cercano consigue otro igual. Esas son las horas que bajan, donde el encendedor se pone a morir. Trato de negarlo, pero es así. La inevitable tendencia a quedarse sin gas. Todo es tristeza y decepción. Ríen los fósforos, un desaire sin sentido se arroja sobre mi.

  Está con poco fuego, le cuesta chispear. Ya no es la llama sagaz y encendedora que prendía fuego lo obvio. Lo uso para lo indispensable. Compré uno verde de esos baratines por las dudas, una compra dolorosa. El final del gas se acerca y la lumbre que nos unió se va a terminar. El único calor que quedará es el de mi amor. 

jueves, 14 de septiembre de 2023

YA SUFRIMOS COSAS PEORES QUE ESTAS.

  En una noche nos dimos cuenta que los pibes y pibas de nuestra generación siempre estuvieron en peligro, que los noventas estuvieron cargados de bardos y el exceso de rock no lleva a nada. No hay que ser un estudioso para darse cuenta que la pasión no es sinónimo de tragedia y que siempre se puede estar mejor o peor, dependiendo de cuánto luches por eso.

  Antes de Cromañon no teníamos conciencia. Parece. Visto desde acá, un tiempo irreal, nos causa gracia y hasta fantaseamos con la idea de que vuelva a ver qué pasa. Pero esos días ya no retornarán, hay mucha muerte detrás de ellos, los pibes y pibas que dieron su vida en ese boliche mientras sonaba Callejeros rezan que así no sea, que a los noventas se los lleve el viento y no vuelvan más.

  Hace 15 días en Avellaneda estuvimos a punto de vivir otra tragedia. En el partido entre Racing y Boca fueron muchxs lxs hospitalizados, lxs que cayeron después de una avalancha con la gente entrando, lxs que tuvieron que salir por la reja que da a la ambulancia. Sin lugar a dudas estaba sobrevendida la capacidad del estadio, había más gente que la que podía contener.

  Ojo, el Cilindro es un espacio seguro, con salidas relativamente eficientes y que las podés encontrar fácil. Y tampoco es el único estadio que está explotado en una definición de campeonato. Son varios los que me dicen que en los últimos partidos de River hay mucha gente, que se ven bastantes apretados.

   Esa avalancha de gente me hizo acordar a varios partidos de mi juventud en la tribuna, donde parecía que pasarla mal era estar al filo de la muerte y que si algún día me cansaba de ese ritual estaba la platea donde podría refugiarme como cagón y exiliado, como persona no grata. Porque de pibe se va a la popular, no se entiende de otra manera. Y eso que los partidos con mi viejo eran en la platea D, ahí vi a Racing empatar con Españól en mi primera vez.

  Esa idea estúpida de que estar apretado y en posiciones que no se sostienen todo el partido parece que es la manera de vivir el fútbol si vas a la popular, hoy material de descarte, ya que cada día crecen más las plateas. Donde te corrés un poco los dirigentes te ponen una butaca. En Racing pasa todo el tiempo. ¿Se vienen estadios para ver los partidos sentados? Si es así, pagá. Porque lo que más les interesa es hacer caja, que cada asiento sea un socio poniendo guita. Cada vez más popular, cada movimiento más alejado de la gente.

  Una pequeña anécdota.

  Copa Libertadores 2015, cuartos de final, partido de vuelta. Racing vs Guaraní (Paraguay). Llegamos tarde con mi primo Martín. El estacionamiento de siempre estaba cerrado, había colmado la capacidad. Hacía 18 años que no jugábamos esa instancia. La vez anterior nosotros éramos pibes. Entrar a la cancha fue un caos, en el cacheo de la puerta ocho todo se desmadró y terminé arriba de una mujer policía, pidiéndole disculpas mientras me sonreía.

  Al entrar la cosa fue peor. Era un estadio repleto y llegar a donde queríamos para juntarnos con los nuestros sería muy complicado. Empezamos a buscar cómo trepar. Permiso y gracias, siempre. De esa manera al menos calmás la molestia que generás. Faltaba una hora para que arranque el partido. Subir escalones era una verdadera proeza.

   De golpe empecé a notar que no éramos bienvenidos ni mucho menos. Los murmullos fueron mutando a gritos, los sacudones lógicos se transformaron en verdaderos empujones. No estábamos en condiciones de quedarnos ahí, tampoco podíamos avanzar ni subir a buscar a nuestros amigos.

  “¿A dónde mierda quieren ir?” me gritó uno con cara de desencajado. Miraba al alrededor y veía mucha gente que no le tenía la cara. Hasta que divisé a un señor morocho, de unos 50 años, pelo negro tupido, que siempre paraba debajo de donde lo hacíamos nosotros, apoyando un pie en el fierro de abajo de los paraavalanchas. No nos conocíamos, pero su rostro me trajo la tranquilidad como de quien sabe dónde está.

  Aunque grande fue mi desazón cuando el señor comenzó a empujarme como si fuera un simio desbocado. Creo que me decía “rajá rajá”, pero quizás mi mente juega una mala pasada. Se hizo el guapo mientras los demás lo acompañaban. Después de algunos forcejeos terminé entre una pareja, el pibe me dice “yo saqué entradas para verlo con mi novia y vos caes ahora y me cagás la noche”. A esa altura no tenía ganas de ver el partido y me preocupaba no ver donde había quedado Martín en el revoleo.

  La popular tiene eso de anárquica y descontrolada, pero siempre hubo ciertos manejos que eran de ese mundo. Algunas variantes hicieron que en un punto de los últimos 20 años se volcó mucha gente a ver futbol en la cancha que no vienen de ese palo (una sensación personal: ubico esa fecha a fines del 2009).

Redondeo la anécdota, ya termino, no se vayan.

  Cuando no quedaba otra opción que salir para algún lado antes que el contagio haga que alguno se anime a golpearnos, apareció una mano. Imagino mi cara de tensión y le sumo la de susto cuando esos cinco dedos me agarraron la campera entre el hombre y el cuello y me tiraron para arriba. Mi ángel de la guarda nació en Llavallol, le dicen Ferna y está loco de remate.

  Pero no solo me sacó del bardo sino que al toque ubicó a Martín y lo trajo de nuevo con nosotros. Desde ahí Ferna comandó el ataque hacia los giles de abajo. Entre insultos recuerdo escuchar que soltó un “nosotros venimos siempre”. Eso me despertó y saque pecho. Insulté a los giles, al flaco de la novia le dije un par de cosas y putié en varios idiomas al señor del paraavalancha, pero se hizo el otro. Después de ese día  estuve un año y medio mirándolo para que me diga algo, se ve que era guapo cuando se otros lo alentaban. No lo vi más pero se que algún día nos vamos a encontrar.

 A eso le siguió un flaco que se descompuso cuando terminaba el primer tiempo y al querer salir por la puerta ocho estaba cerrada de afuera con cadenas. Algunos muchachos de La Barra 95 rompieron todo a pura patada y pudo llegar a la ambulancia que lo llevó al Fiorito.

  El otro día a mis amigos y a mi no nos pasó nada de eso, pero vi la posibilidad que pase en otrxs. Han sido muchas las tragedias de las cuales nos tocó aprender. No pudimos reír sin llorar. No la tiremos al lateral. No se puede vivir de la caja con el aporte de los socios y socias.

  Los clubes son de la gente, la calle todavía es de la gente, la vida no está privatizada. Alejemos la tragedia. No seamos termos.

jueves, 17 de agosto de 2023

COMPLETAMENTE EN PELOTAS

   Es menester que salga un buen texto, uno con fuerza, que tenga un sentido y un mensaje. Pero  también es necesario descansar, tomar fuerzas, encontrar un lugar donde el corazón esté tranquilo y ver las cosas de distintos puntos. O podemos llamar a todo eso “tener la mente en blanco”. Producir es difícil, pero con la cabeza baleada se hace imposible. Lo que viene es como un descanso en una escalera. Aprovéchenlo.

  Después de sacarme la muela de juicio no hice otra cosa que descansar. Disfrutar de apoyar la cabeza en la almohada y dejarme llevar por el ritmo del sueño sin pensar que me va a despertar un dolor horrible, como si un obrero de la construcción estuviera dándole con el pico justo en la última muela. El placer de tirarse en una cama y disfrutar, sin nada que hacer más que hacer, abrazar las sabanas, acomodar el acolchado y dale que va.

  Y la cama tiene ese no se qué. Te llama, te atrapa. De pibe me pasaba horas y hacía muchas cosas. Comer, estudiar, ver la tele, leer por placer doblar la ropa, acomodar cosas y, sobretodo, pensar. Estar tirado mirando el techo y pensando era un gran momento, que obviamente se podía disparar a cualquier lado. En el presente duermo de noche y alguna siesta.

  Debo acotar que nos falta una tele en la pieza. Clave. Estoy a nada de utilizar una frase que odio: “te cambia la vida”. Pero la verdad es que cambiarían bastantes cosas y sería de practicidad para ver algo antes de dormir que en realidad no lo ves y te entregás al sueño a los dos minutos, sin ningún pudor.

  Sobre el tema de la cama estuvimos escuchando un experto: Andy Chango. Si, el de “Lucho por supuesto”, el que hizo de Charly en la serie de Fito, el que le ganó a Feimann al tenis, el politóxico y un músico de la hostia, también. Les comparto su columna sobre el tema, con una gran entrevista a Clota, obviamente desde la cama.

https://www.youtube.com/watch?v=mEqhPXRytsQ&t=1410s&ab_channel=FuturockFM

  Otra de las etiquetas de Andy es la de escritor. En realidad le pidieron desde Editorial Planeta que escriba un libro sobre un viaje que se mandó, el cual se llamó “Indianapolis”. Obviamente lo escribió desde la cama, en tres meses. Se adaptaba con la computadora en las piernas y escribía con rapidez para llegar a tiempo con la editorial. Es su forma adaptada al estilo de vida, y lo mejor es que a él le resultó. Llegó a cumplir con el compromiso y no varió su forma de vivir en la cama.

  En cambio para Leila Guerreiro, la que mejor cronica en la Argentina, la cosa es distinta. En una entrevista con Tomás Reboard dijo que necesitaba tiempo y espacio para escribir. Si tiene una reunión por la tarde y está armando algo no concurre porque no sabría cómo resolver la situación si le viene la inspiración. Seguramente serán varios los requisitos que no le pueden faltar a Leila para escribir que no contó. En fin, la número uno se puede dar esos lujos, es de entender.

Ah pero los mortales… ¿qué hacemos para escribir? ¿Cómo lo hacemos? Ni en pedo podemos frenar nuestra vida por la inspiración. Menos que menos estar en la cama tantas horas escribiendo como el puto amo de Andy Chango. Está bien que el factor guita es influyente, pero acá quiero hablar de otra cosa, del sentarse a escribir. Sin plata o con un jugoso sueldo somos personas delante de una hoja o un teclado intentando hacer lo mejor que tenemos. Este texto recibió cero pesos y sin embargo sentí la presión de escribirlo como si del otro lado estuvieran esperando una crónica de Leila.

Pero a decir verdad, hasta hace nada estaba desnudo de ideas, completamente en bolas. La cabeza estaba en blanco, no tenía un plan, una idea, un tema que quisiera desarrollar. Desde que envié el último “Las cosas que hace” que estoy pensando que mierda voy a escribir la próxima. Y no se me venía nada. De hecho, acá estamos.

  Pero no puedo darme los lujos de otros escritores, tengo que trabajar, ser padre de familia, concurrir a eventos sociales (tenga inspiración o no), buscar donde estacionar en Capital durante 40 minutos, podar el árbol, ir a la cancha a ver a Racing arrastrarse, dormir un poco, estar a la cabeza en temas familiares, boludear un poco para despejarme y algunas cositas más.

  Sentarme a escribir es un placer, aunque no tenga tema, esté cansado, mi silla sea incomoda y me atrase con las cosas que hago en la casa. Adopté un disco de Rita Lee donde le pone bossa a los Beatles para los momentos que busco inspirarme (o mejor dicho hilvanar cuatro o cinco párrafos con coherencia conceptual). Rita me ayuda hace muchos años, me da paz, me equilibra. Desde mis informes para La Zurda Mágica, un gran programa de deportes, hasta las grises notificaciones laborales de los últimos días.

https://www.youtube.com/watch?v=XEd2YPl8VFA&t=989s&ab_channel=Chesire

  Mi mejor momento para escribir es la noche. Ahí no molesta nadie, no joden los ruidos de la calle, las personas que pasan corriendo, los bocinazos, el celular sonando con boludeces y otras yerbas. Con te con miel de acompañante, que se recarga cada tanto, puedo imaginar mundos y plasmarlos, aunque internet distrae y no siempre las cosas son tan directas.

Esta semana el tema podría haber sido las candidaturas, el primer partido de mi hijo en la cancha, de algún bardo barrial o de cierto médico que atendía en patas. Pero decidí ser fiel a lo que me pasó por sobre estas cosas: que no tenía ni puta idea de que mierda escribir.

lunes, 10 de julio de 2023

SEPAN DISCULPAR

     Entre el sueño flojo, los dolores que trepan la cabeza y corren por los dientes, salen frases que van y vienen y solo algunas pasan a este texto. Las muelas de juicio son malas consejeras, te vuelven loco poco a poco, hasta que queres arrancarte la cara. Un velorio, un amigo que ya no va a estar entre nosotros, los dolores, dormir mal, la tos de un estado gripal descuidado y trabajar como si todo eso no existiera. Disculpen, solo soy un flaco que quiere abrazar al amigo y que le saquen la muela. Pero me puse a escribir entre el mientras tanto y el nunca más.

  En estos últimos quince días hice lo que pude entre el dolor de muela y un estado gripal que podría pasar a ser neumonía si no me medicaban. Pero eso es nada comparado con la muerte de un amigo. El jueves se fue el Chino, re joven, buen pibe, no llegaba a los 40. Vivía enfrente de nuestra casa, un poco en diagonal. Nos cruzábamos seguido porque dejaba el auto en la puerta bajo la sombra de nuestro árbol.  No hay forma de entenderlo, es muy difícil pensar en lo que pasó sin flaquear, sin moquear, sin querer gritarle a Dios.

  No tengo mucho para escribir, este ñewletter lo armé desde la responsabilidad de enviar algo para que ustedes lo lean. No puedo hacer algo de calidad, mi cuerpo fatigado entre dolores y mi alma rota no me dejan explayarme. Quizás este miércoles, si Dios y Sandra la dentista quieren, la maldita muela de juicio, la última de las cuatro, se vaya, salga de mi. Eso aflojaría las molestias que por momentos son terribles dolores, un sufrimiento que llega a ser insostenible, a tomar oído y parte de la cabeza. Las noches volverán a ser noches para dormir, las pastillas abandonarán los bolsillos, el pánico finalizará.

  Pero lo del Chino es otra cosa. No se extirpa con una pinza, no hay pastas ni anestesia que lo borre, no hay mañana para nuestra amistad. Siempre fuimos vecinos y cuando surfeábamos los 15 empezamos a cruzarnos con amigos en común. De más grandes nos volvimos a juntar para pensar una unidad básica que esté al servicio del barrio. ¿Qué pasó en el medio? Una patada que nos distanció un tiempo.

  Cosas de pibes, pero no puedo no hacerme cargo: fui un boludo. Estaba caliente por un mezclado que al toque se desvirtuó con un mal armado y a los 20 minutos era un baile con goleada y alguno que se puso a gozarnos. Mi equipo era un corso y a mi el enojo de la jugada que nos perjudicó no me dejaba ver. Estaba muy caliente con el que había organizado todo y pensaba de qué manera darle su merecido. Pero en vez de elegir el momento y aplicarlo finamente, decidí pegarle al primero que se me cruzara. Ahí ingresa el Chino en la historia.

  Levanté bastante la pata y sin mirar al que gambetaba a un compañero traté de darle lo más arriba que pude. La plancha impactó contra la cadera de él y el golpe continuó hasta tirarlo. Todos se quedaron callados y la persona que había generado este partido desvirtuado y estaba en goce fue el primero en hacer alharaca. En ese mismo instante me sentí un boludo, pegué una patada sin sentido, completamente fuera de contexto, híper violenta y sin ningún tipo de contemplación. Elegí a un pibe bárbaro para golpearlo arteramente y sin motivo.

  El Chino se levantó como pudo, agarró la pelota y la pateó contra mi, rebotó en un banco y le volvió. Lo intentó de nuevo y falló. Agarró sus cosas y se fue. Mi argumento siempre fue el mismo: estaba caliente y me la agarré con el primero que se me cruzó para no agarrármela con quien me quería agarrar. ¿Por qué? Porque ese que se la merecía era muy amigo mío, no entendía la boludez que había hecho de armar los equipos tan a su favor.

  Volvimos al barrio, el Chino iba como una cuadra adelante, recuerdo que llegó primero y dio un portazo. O algo así, lo que más recuerdo es el portazo, el ruido, como sonó, con cuánta razón. A los meses el fútbol nos volvió a cruzar. Jugamos juntos y nos conectamos varias veces. No hablamos entre nosotros. Unas semanas después nos tocó jugar en contra. Por miedo a una represalia me acerqué y le pedí disculpas. Doblemente cagón.  

  Pero él era un tipazo, me aceptó las disculpas al toque, jugamos en contra y todo bien. Volvimos a saludarnos, a hablar, a cruzarnos más seguido por la cuadra, a reírnos. Hasta pensamos juntos en un montón de ideas para la única unidad básica que tuvo el Barrio Pompeo, que pasados los años cada día la recuerdo con más cariño, aunque fue difícil en su momento.

 Muchas cosas juntos, charlas y sobre todo risas. Era un pibe que se reía mucho. Así lo quiero recordar: sonriendo y aceptando mis disculpas. Eso lo hace más grande, más humano, más pibe de barrio. “Con su ropa de plomero olor a leyenda va a tener”, canta el Indio en “Adieu! Bye Bye! Aufwiedersehen!” de El Tesoro de Los Inocentes. Le queda pintada esa frase.

  Disculpen a este pobre escritor que llega al final del texto arruinado, sin la muela, con dos puntos y varias pastis para que la cara no se le haga un globo. No quería fallarles con la entrega ni quería fallarle al Chino. Estas líneas son para él, que desde alguna estrella espero que se esté riendo. En cuanto pueda voy a brindar por vos amigo, con la lata señalando el cielo y los dedos en V.



lunes, 26 de junio de 2023

LA BANDERA

 No hay días como los de la juventud que se queman por las ganas de salir del cascarón, de ver el mundo, de medirse el pecho con lxs otrxs para terminar en búsqueda de un abrazo, mientras se atraviesan peligros y realidades. Esta historia va por ahí, quizás peca de querer ser, pero fue eso y quedó ahí.

Un día se nos ocurrió con un par de amigos hacer una bandera para llevar a la cancha. Era verano y estábamos al pedo. Jóvenes, muy jóvenes. Queríamos colgarla como un ritual, amarla como si ella representara a Racing. Entendíamos que era el comienzo de algo, la piedra basal de una nueva época.

  Íbamos a la cancha pero salteado. En mi caso, mi viejo me llevaba cuando podía. No me dejaba ir solo, decía que tenía que cumplir los 18 para que eso pase. Así y todo tenía bastante recorrido, algunos partidos de visitante y todas las ganas de un pequeño hincha que busca descubrir ese mundo.

  Me llamaba la atención la hinchada, sobre todo la barra. Como colgaban las banderas, los tirantes, como se acomodaban y de qué manera entraban a la cancha. Una vez, en Lanús, discutí con mi viejo porque él decía que pagaba la entrada para ver a Racing, no para el folklore (que yo defendía). En esa época éramos muy hinchas de la hinchada porque las alegrías estaban en la tribuna y no en el verde césped.

  Entonces qué mejor que mezclar todo lo bueno que tiene la vida en ese momento y tratar de hacer uno solo. Cancha, amigos, bandera y si algo más quiere sumarse bienvenido. Una combinación genial que puede terminar en una pelea brutal o en la gloria racinguista. El caso de esta historia termina en una tercer vertiente, la nada misma. ¿Habrá algo más triste?

  La cosa fue que después de tirar varias frases (muchas en broma), elegimos una de La Renga. Lo importante es que a los tres nos convencía. El proceso llevó unos 10 días, que en aquella época era un montón, piensen que nos veíamos todos los días. Le pedimos a una vecina que nos arme la tela y mandamos a pintar las letras. Con el tiempo pensé que la deberíamos haber hecho nosotros, le hubiera dado un plus.

  El trapo debutó en un clásico con Boca, en la platea D. Por esos años había espacios libres y si no era muy grande la colgabas tranqui. Fuimos dos de los tres dueños, con nuestros viejos. Una de las imágenes más lindas que guardo en mi corazón es ver a mi viejo en cuero revoleando la camisa post triunfo junto a Gabi, el padre de mi amigo (que con los años se volvió como un segundo viejo para mí)

  Un triunfo que nos dio esperanza. Arrancó con fuerza. Representaba la amistad, el amor, Racing, la victoria, nuestros viejos. La bandera era muy especial, pensábamos cosas muy locas a través de ella. Me imaginaba que un día alguien de la barra nos iba a pedir que la colguemos con ellos, que nos íbamos a ganar un lugar. Ese lugar que a veces no sé si me lo gané o lo sigo buscando.

  La bandera tuvo algunos partidos más bajo la senda de la victoria, definitivamente el equipo acompañaba. Pero un partido con Quilmes las cosas cambiaron. Mi amigo, el tercer dueño, el tercero pero no en discordia, no quiso ir a colgarla. Nosotros fuimos pero sentí que nos había bajado el precio. Como si la bandera fuera cosa de guachos y él ya no lo era.

  Con el tiempo la empecé a llevar solo. A veces en la mochila y otras envuelta en el cuerpo. La gorra la quiso romper un día con Lanús porque decían que no podía llevar hilos que posibiliten colgarla. La gorra, como siempre y en el año que sea, poniéndose la gorra con un guacho y dejando pasar a los barras. Ahí ya me importaba poco la barra, que nunca nos vino a hablar (obvio) y que empezaban a bajarse solos del pedestal bobo donde los había puesto.

Dejé de llevarla cuando ninguno de mis dos amigos mostraba interés por ella. Como que me pinché. Me parecía una cagada que toda esa ilusión del comienzo haya durado poco. No pude jamás entender la perdida de la pasión.

Hasta que un partido con Boca hablé con mi amigo y le dije que la llevemos. Nada del otro mundo, elegimos ir a platea y podíamos colgar el trapo. Ya en el auto me imaginaba los posibles escenarios, que alguien la quiera robar, que la gorra la zarpe, que se nos caiga, que se nos rompa. El trapo de 2 x 1 iba tranqui en la mochila de turno. No hubo problemas al ingresar. Los bondis llegaron adentro.

La colgamos arriba de La Guardia Imperial, tirando a la derecha. Llegamos temprano y había pocos trapos. El ritual era el de antes: ver el lugar donde ponerla, conseguir que tenga peso abajo, fijarse que quede bien agarrada, volver a fijarse por las dudas, repasar los nudos y estirarla al mango. Masomenos eh, a veces repetíamos las cosas varias veces y otras íbamos de una.

Ese día realmente tuvo su momento de gloria. Como antes del partido había un homenaje por los 40 años del equipo de José que salió campeón del mundo, los pusieron a posar de espaldas a la hinchada cuando faltaba una hora para que arranque el clásico. Así fue como salió atrás del equipo más importante de la historia del club. Muy de lejos y pequeña, pero salió en la foto.

 


 El punto de clímax fue a su vez el comienzo del declive. Un boludo vino y nos puso su trapo, mucho más grande y largo, arriba del nuestro. Ni le interesó que esté el nuestro. Ahí pensé que todo es una mierda, que a nadie le importa nada y que el ego le gana a todo. Hay pocxs que entienden como son las cosas, lo que valen y que se pone en juego. En general lo pienso. Al menos, a modo de revancha, La Guardia Imperial fue y le puso otro trapo arriba. Jodete por forro.

  Saqué el trapo y enojado con mi amigo por su apatía general, me fui a colgarlo por ahí. Terminé enganchándolo en la estructura del techo, el viento le daba de una, tenía cagazo que salga volando y caiga al vacío. Era una tarde gris y mientras Boca nos hacía precio, mi juventud, el trapo y mis ilusiones se fueron a mismísima mierda. Nunca más pisó Avellaneda.

  Con el tiempo hizo un par de apariciones en casa. Una muy prolongada tras un cumpleaños y otras menores. Del tercero que no estaba en discordia no se casi nada y él hace años que no sabe de la bandera. Del otro, mi segunda pierna en esos años de cancha, tengo novedades pero no ligadas a Racing. Hace un tiempo muy largo que no vamos juntos a la cancha y del trapo no hablamos más.

  Para mí representa muchísimo más que una bandera: es la imagen de miles de recuerdos que no fueron y la idea de que salíamos de la adolescencia hacia la adultez de la manera más canchera y racinguista posible. Extraño pensarla como un símbolo de guerra y a su vez de amistad. Extraño compartir con mis amigos la simpleza de preocuparse por un pedazo de tela, de preguntarle “¿La trajiste?”. A veces me doy cuenta que extraño mucho y no sé qué hacer con eso.

  Escribir esto fue como volver a verla colgada, fue volver a preocuparme por cómo va a quedar, si la tele la va a enfocar, en pensar que alguien podría venir a pedirnos explicaciones, invitar a sumarnos a lo demás trapos o tratar de robarnos. Gracias por leer esta bandera.

  ¿Dónde está? No te lo digo ni que me rompan a piñas, eso sigue intacto.